martes, 30 de octubre de 2012

Las garzas





Historia mínima con raíz litoraleña

En un apartado poblado del litoral, un matrimonio joven pasa sus días siguiendo unas rutinas muy aprendidas y que provocan muy pocas satisfacciones. La mujer cuida de su casa mientras espera un hijo. Su marido trabaja como "pasero". En su bote traslada mercadería, cuyo origen desconoce, a través del río y a escondidas.

Una mañana, esa apacible tranquilidad que la pareja comparte se ve invadida por la llegada del padre del muchacho. Un hombre que hace años pasó por ese lugar, vendiendo libros, enamoró a su madre y la embarazó. De esto último él se enteró a través de una carta. Después de muchos años, vuelve al lugar; ella murió, pero su hijo ha logrado forjar una pobre vida.

El cruce entre ambos no es nada fácil, mientras la muchacha trata de operar entre ellos para lograr, sobre todo, que su esposo confíe en el padre y acepte de buen modo esa realidad que él observa con mucho rencor.

Si bien la idea es potente, el texto de Hernán Bustos no termina de dar profundidad a esa historia que apenas crece. Los personajes son interesantes y portan algo de intensidad, pero no llegan a relacionarse con fuerza porque hay muchos datos que no aparecen desarrollados. Cada situación no suma dramaticidad a la acción, simplemente se torna descriptiva de unos momentos compartidos, que resultan ricos. La dirección cuida mucho la imagen y entonces, por momentos, cada escena se transforma en una pintura calificada que retrata poéticamente momentos de un paisaje litoraleño.

Actoralmente, el espectáculo funciona. Los tres intérpretes crean un juego de vínculos preciso. Cada uno construye su conducta con eficacia y aunque no siempre la pieza les posibilita mayor crecimiento, se adecuan a eso y se apoyan en la construcción de un mundo sensible que, en muchos momentos, llega a conmover a la platea.

En este sentido, la labor de Bustos resulta más atractiva. Sabe dar forma en el espacio a esa historia mínima y, conjuntamente con los valorables aportes del escenógrafo Jorge Ferro y la iluminadora Leandra Rodríguez, consigue construir un territorio apacible, donde se mueven con naturalidad esos tres personajes tan distintos, aunque tan seguros de sus mundos internos.

Fuente: La Nación

Sala: La Carbonera, Balcarce 998 / Funciones: domingos, a las 20,30

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