lunes, 29 de octubre de 2012

Argentinien





La soledad, plasmada con muy buenos recursos en un espectáculo sobre rieles

En la obra del autor argentino Pedro Gundesen, una estación de tren olvidada a la que nadie llega, sirve  como metáfora de la incomunicación. La pieza cuenta con un sólido elenco y la dirección de Luis Romero.

Ambientada entre el primer gobierno de Perón y la nacionalización de los ferrocarriles, la obra de Pedro Gundesen, Argentinien, se ambienta en Arizona, la última estación de uno de los ramales de la Argentine Pacific Railways. Un lugar detenido en el tiempo, casi fantasmagórico, que sitúa a un puñado de personajes que aguardan la llegada de un nuevo jefe, Stefan (Alejandro Awada). En un reloj detenido, los pájaros hacen su nido. Quizás es el único vestigio de vida que queda en el lugar.
Los empleados de la olvidada estación que funciona como una suerte de "hogar" son Lidia (Mimí Ardú), un mujer renga, enamoradiza y con ilusiones de abandonar de una vez por todas su puesto en la sala de comunicación de la estación; Fortunato (Claudio Risi), un guardia gaucho que, con facón en mano, vigila las amenazas y no se siente correspondido por Lidia; y el Rusito (Juan Luppi), un niño que pasa frío, hambre y forma parte de ese microcosmos construido por la incomunicación y la soledad. Hasta resulta ser el más adulto del grupo.
Ellos esperan ansiosamente la llegada de pasajeros que nunca bajan del tren. Y de un tren que nunca está. Cada espera se convierte en una ilusión frustrada y ese contexto dramático y caótico le sirve al director Luis Romero (también responsable del musical Casi normales que se encuentra actualmente en la cartelera teatral porteña) como una pequeña muestra de lo que también sucede en el exterior.
La pieza está situada en un contexto político concreto, donde dice presente la mezcla impuesta por la inmigración como impulsora de las historias individuales de los personajes. Tanto el apoyo del sonido (programas radiales y la envolvente música de Jerónimo Romero) como de los viejos afiches que cuelgan de la estación destartalada (gracias a la escenografía creada por Marcelo Valiente) también refuerzan la idea de la historia.
La llegada de Stefan, con su postura curva, parece cambiar las reglas del juego para el resto de los integrantes, y la acción se apoya constantemente en la interrelación de los personajes y el acercamiento que Stefan tiene hacia Lidia. Cada uno irá desgranando su propio relato, su pasado y su presente incierto, en una pieza que también se guarda una sorpresa.
 Al comienzo de la representación tanto Fortunato como Lidia parecen estar cargados de una energía desbordada que se va acomodando con el fluir de la historia. En sólo una hora el director logra plasmar y desmenuzar con buenos recursos cada uno de los pesares del cuarteto en cuestión, hecho que también se ve respaldado por el ámbito ideal que ofrece la sala Orestes Caviglia, que da un marco más opresivo al relato.
Argentinien permite el  lucimiento de sus actores: Claudio Rissi es uno de los intérpretes más firmes de la escena nacional; Mimí Ardú (últimamente vista en diversos roles para la pantalla grande, entre ellos, Franzie) navega entre la ilusión y el desengaño con fuerte presencia en el escenario. Por su parte, Alejandro Awada nutre a su personaje con cambios posturales, matices y acentos que lo hacen llegar más cómodamente a la platea. Y el adolescente Juan Luppi, con su peluca rubia, imprime ternura. En tanto, el espectador está al borde de las vías, rodeadas de vegetación, esperando una bocina que nunca se escucha.

Fuente: Tiempo Argentino

Caviglia del Teatro Nacional Cervantes.
De jueves a domingos. $ 50

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