sábado, 22 de septiembre de 2012

Mario Alarcón y Lidia Catalano: Jettatore!


“Hay necesidad de creer en algo mágico”

Los actores Mario Alarcón y Lidia Catalano forman parte del elenco de este clásico de Gregorio de Laferrère, que sube a escena con dirección de Agustín Alezzo. Una comedia con aire de vodevil que no ha perdido su vigencia.

El engaño y la sugestión hacen cómicos estragos en Je-ttatore!, comedia que con aire de vodevil estrenó en 1904 Gregorio de Laferrère (1867-1913), ironizando sobre ciertas creencias. Estrenada ahora bajo la dirección de Agustín Alezzo, en el Teatro Nacional Cervantes, cuenta con un elenco importante, donde el “mufa” Don Lucas es interpretado por el actor Mario Alarcón y la madre de la joven, pretendida por ese señor mayor que acredita una economía holgada, por la actriz Lidia Catalano, artistas que, en diálogo con Página/12, recuerdan haber trabajado juntos en la segunda temporada de la convocante Sacco y Vanzetti.

Tanto la actriz como el rosarino Alarcón dicen sentirse protegidos por el director Agustín Alezzo, quien por primera vez realiza una puesta en el TNC. La obra trae a un primer plano la creencia en la existencia de personas “naturalmente maléficas”, los alcances del hechizo y las maneras de librarse de éste. La literatura local cuenta con una larga lista de amuletos que cortan la mala racha o llaman a la suerte. Lista en la que abunda el aporte hecho por los inmigrantes, resabio de épocas remotas, de hallazgos, como los del arqueólogo Michele Arditti, en Pompeya (entre otros, el amuleto fálico hoy convertido en bijouterie). Lo real es que, en cualquier época, quien recibe el mote de jettatore acaba siendo un “muerto civil”. En la obra de Laferrère, Don Lucas, convencido de sus poderes telepáticos por quienes lo engañan, se confunde y confunde a los que lo trampearon. Y si no lo aplasta el drama es porque guarda un resto de triunfalismo: “No sé qué voy a hacer con este fluido. Es cada vez más poderoso”. “La mentira se instala de una manera tan ingeniosa que se hace verdad”, apunta Catalano, y a modo de ejemplo, refiere la escena en que Don Lucas se siente realmente capaz de practicar la hipnosis. El enredo abarca a “los que inventaron la trama para desprestigiarlo y acabar con su pretensión de casarse con Lucía. Estos, finalmente, son los que terminan creyendo que no inventaron nada, que en realidad, descubrieron a un jettatore”, resume Alarcón.

–¿A qué se debe la vitalidad de las supersticiones?

Mario Alarcón:
–A la necesidad de creer en algo mágico y no contar sólo con el propio esfuerzo. Son ingenuidades, como no pasar por debajo de una escalera o asustarse porque un gato negro se nos cruza en el camino.

Lidia Catalano: –O tirar un escupitajo hacia la izquierda cuando se cree ver a un jettatore. Así lo hacía mi abuelo italiano, el pintor, un señor elegante, muy bien vestido. Estos comportamientos son difíciles de destruir. En una época eran comunes. Imagino que también en 1904, cuando Laferrère escribió esta obra. Mi personaje, Doña Camila, pertenece a esa época y es sugestionable.

–¿Los actores utilizan cábalas?

M. A.: –Algunos, pero los que más creen son los jugadores compulsivos que esperan algo sobrenatural que les dé suerte. Desconfían de todo lo que puede arruinarlos, como entrar a un lugar de juego por la puerta equivocada.

L. C.: –La mirada fija de otro es también un mal signo, o algunos movimientos de las manos. En su novela El jugador, Dostoievsky describe al protagonista a través de la angustia, el placer o la crispación que reflejan sus manos.

–Luigi Pirandello se ocupó especialmente del jettatore en su novela La patente (1911), donde el personaje pierde el empleo, pero consigue, mediante una artimaña jurídica, patentar esa desgracia como oficio y así plantarse frente a una casa o negocio hasta que le paguen para que se aleje.

L. C.: –Laferrère viajaba a Europa y seguramente conocía relatos sobre la yettatura o como se llame en otros países. Leí que para esta obra se había inspirado en un cuento de Théophile Gautier (lo menciona el investigador Luis Ordaz). Escribió Jettatore! como una humorada y en muy pocos días.

M. A.: –Se burlaba de esta credulidad, como en Los invisibles (1911) del espiritismo, donde también aparece el engaño. He ido alguna vez a salas de juego para observar a la gente. Crean un mundo irreal con las supersticiones. Eligen la hora, la mesa, se fijan muy atentamente en cómo tira el croupier... El deseo es que algo los salve, por inseguridad o porque ante una dificultad es más fácil echarle la culpa al croupier o a cualquier otra persona.

L. C.: –Es el caso del personaje de Carlos, el que arma la tramoya en contra de Don Lucas para convencer a los padres de Lucía de que no es un buen pretendiente. La escena para exorcizar la casa es muy graciosa. Esa es una creación de Agustín.

M. A.: –Cuando era chico, en Rosario, los vecinos decían que la imagen de una virgencita que había en una casa del barrio se movía, y se formaban colas de hasta tres cuadras para hacerle un pedido.

L. C.: –Mi familia paterna es de Controne, al norte de Nápoles, donde corría el rumor de que la virgen del pueblo lloraba sangre, y el que no veía sangre era porque había parpadeado. Laferrère se burla de esto, pero también él era un personaje especial. Se disfrazaba... Se cuenta que una obra suya no se estrenó, porque mostraba qué pasaba realmente en el grupo social al que pertenecía. La sociedad porteña y burguesa de la época tenía sus escándalos, pero eso se callaba. Laferrère se divertía con la frivolidad, y en Jettatore! le dio entrada hasta a los sirvientes.

–¿Cómo ha sido trabajar dirigidos por Agustín Alezzo?

M. A.: –Esta es mi primera obra con Agustín. Lo que para mí es un incentivo doble.

L. C.: –Mi primer trabajo fue mientras estudiaba con la maestra Hedy Crilla. Me llamó Boris Rubaja para una entrevista con Agustín, que era muy joven. Rubaja me anticipó que si Alezzo cruzaba las piernas, y me indicó cómo, lo mejor que podía hacer era irme. Con Agustín, trabajé en Tiempos de vivir, de Thornton Wilder; Sólo 80 (de Colin Hi-ggins) y Otros tiempos de vivir, en su teatro El Duende. Es una tranquilidad tenerlo como director, porque cuando dice no, una sabe que debe buscar por otro lado, y lo dice con buenas maneras.

M. A.: –La persona que sabe no necesita gritar. Uno entiende perfectamente sus explicaciones. No hay histeria.

L. C.: –Y te organiza cada momento. Eso es apasionante, porque de golpe, te dice no, por acá, y te señala por donde ir. También nos hace saber lo que cree son sus equivocaciones.

M. A.: –Eso no lo hace nadie. Al contrario, ¡se encuentra a cada uno subido a su pedestal! Es concreto. No divaga, y el ensayo es siempre placentero. He trabajado con directores de teatro, cine y televisión y los he visto a cada uno con su librito. Yo me adapto, y en general no tengo problemas. Cuando no entiendo a un director, porque alguna vez pasó, digo que se busque a otro. Con Agustín, uno siente su protección. Eso se transmite a los compañeros, y como estamos muy metidos en la obra, cualquier problemita se soluciona.

Fuente: Página/12

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