martes, 18 de septiembre de 2012

Daniel Suárez Marzal y Roberto Aguirre: La tormenta



Lobos y corderos, déspotas y víctimas

El producto del Seminario de Teatro Ruso para actores profesionales son las dos versiones de la obra del dramaturgo Alexander Ostrovsky. Con sendos elencos y en funciones rotativas, se presentan viernes y sábados en el C. C. de la Cooperación.

El dramaturgo ruso Alexander Ostrovsky (1823-1886) –uno de los creadores del teatro moderno de su país, director teatral e hispanista, autor de artículos críticos sobre la corrupción de la justicia y la soberbia y el oscurantismo de los pequeños burgueses y comerciantes de su época– es uno de los escritores estudiados en el Seminario de Teatro Ruso para actores profesionales que dirigen Daniel Suárez Marzal y Roberto Aguirre. Producto de ese trabajo de investigación, producción y montaje se acaban de estrenar dos versiones de una de sus obras, La tormenta, interpretada por dos elencos en funciones rotativas. Con la creación de este seminario y la puesta de las obras se intenta recuperar un imaginario y una sensibilidad que los directores consideran gratificantes. La tormenta, pieza de 1859 –cuando también entonces pesaban sobre los escritores rusos las prohibiciones del régimen del zar Alejandro II–, retrata la historia de un amor prohibido y la ubica en un pueblo a orillas del Volga. Los otros textos del seminario son Ivánov (1887), obra del médico, dramaturgo y escritor Anton Chéjov, personalidad “que gustaba de lo sencillo, auténtico y sincero”, como señalara el novelista y dramaturgo Máximo Gorki; Padres e hijos, de 1862, novela de Iván Turguéniev (una reflexión sobre el cambio generacional), y La chinche, de Vladimir Maiakovsky, obra escrita en 1928 y estrenada al año siguiente, donde se ridiculiza el comportamiento mentiroso de un sector de la sociedad de entonces.

Según cuentan los directores, en diálogo con Página/12, el seminario acercó a más de 60 actores, y aclaran que los alumnos no pagan ni ellos cobran por su trabajo: “Estas puestas fueron hechas en cooperativa, y estamos aquí por invitación del Centro”. Recordando a los autores y realizadores rusos, dicen sentirse aún impregnados por las películas que se proyectaban en el Cine Cosmos, de la avenida Corrientes, y por la pasión que les despertaba. Admiraron desde siempre al poeta y dramaturgo revolucionario ruso Maiakovsky (1893-1930), “tan comprometido con la Revolución de Octubre, y, al mismo tiempo, consciente de que no era lo que había creído”, apunta Suárez Marzal. “Sabía qué se avecinaba: escribió en defensa de la Revolución, pero con muchas dudas. Fue un verdadero visionario”, resume a su vez Aguirre al destacar la figura de este artista que inició su actividad política durante el zarismo, sufriendo persecución y cárcel, y se suicidó de un disparo al corazón el 14 de abril de 1930.

–¿Qué los decidió a rescatar esta obra de Alexander Ostrovsky?

Daniel Suárez Marzal: –Ostrovsky no es un autor muy conocido en nuestro país. Cuando se habla de autores rusos, se piensa inmediatamente en Anton Chéjov, León Tolstói o Nicolai Gógol. Estando en Moscú, me sorprendió hallar frente al Teatro Nacional Dramático Maly –al que algunos se refieren como “la casa de Ostrovsky”– una gran estatua de este dramaturgo que con su realismo dejó atrás el período de la llamada “comedia aristocrática”. Fue muy valorado en su país y estrenó varias obras en el prestigioso Teatro Alexandrinsky, de San Petersburgo. La tormenta, que nunca fue presentada en la Argentina, se vio este año en Chile, en el Festival Internacional Santiago a Mil. En nuestra puesta hay elementos interesantes desde lo escenográfico y lumínico: un diseño de Gonzalo Córdova, donde aparece un gran techo con caladuras que filtran las luces, creando un ambiente especial, anticipo de un desenlace dramático.

–Desenlace marcado por la tiranía de un personaje familiar...

Roberto Aguirre: –Personaje que encontramos en otras obras. Gente de “moral limitada y caprichosa”. La historia se desarrolla en un pequeño pueblo ruso, donde la víctima es Katerina Kabanova, la joven que sufre el autoritarismo de su suegra. Este personaje, infaltable en las grandes tragedias, me recuerda a la Bernarda Alba de Federico García Lorca.

D. S. M.: –Como dice Marc Slonim en su libro sobre el teatro ruso, La tormenta muestra “un mundo de lobos y corderos, de déspotas y víctimas”. Un mundo que despierta imágenes muy cercanas, y también por eso no tuvimos que esforzarnos para saber y sentir que esta obra sigue viva.

–Pero necesitaron una traslación...

R. A.: –La idea fue utilizar herramientas propias de nuestra época; traer la obra a una modernidad que fuera potente desde lo visual y las actuaciones. Lo mismo estamos haciendo con La chinche, de Maiakovsky, que estrenaremos el próximo año.

–¿Por qué se dice aquí que el miedo atrae, que el humano inventa monstruos por el gusto de echarse a temblar, y también que el poder se encuentra básicamente en la acción política y religiosa?

R. A.: –Los argumentos para generar miedo son siempre los mismos. En realidad, la aplicación arrogante del poder, político o religioso, impide que las personas sean felices. Uno lo tiene claro cuando reflexiona sobre cómo se llega a un punto de quiebre de la convivencia para, desde ese quiebre, crear pautas de relación que convienen a los intereses del poder.

D. S. M.: –Pienso que si no existiera el miedo, lo inventaríamos. Una fuerte tormenta puede ser vista como un presagio, al que a veces se le da carácter místico.

R. A.: –Como en la obra, uno dice que el rayo es sólo electricidad en el aire y otro que es un castigo de Dios... No sabemos qué pensaba el hombre de las cavernas ante la visión del rayo, pero lo imaginamos. En algún punto, nos quedamos en una escala primaria, en ese hombre de las cavernas que no tenía explicación para este fenómeno.

D. S. M.: –Son reacciones ante lo que aparece como misterioso, cuando, en realidad, la muerte es el único gran misterio.

–¿Trabajaron anteriormente sobre el teatro ruso de esos años?

D. S. M.: –Los dos hemos trabajado más sobre el europeo. Este proyecto surgió de una charla con Roberto, en la que me preguntó cuáles eran los autores que no me había atrevido llevar al teatro. Le conté que mi gran temor era montar una obra de Anton Chéjov, y a partir de esa charla supe que mi prevención era con los autores rusos.

–¿Es un elemento a favor que los dos conocieran el idioma?

R. A.: –Siempre ayuda. En la década del ’80, estudié ruso durante cuatro años, porque proyectaba hacer un curso en el Teatro de Arte, de Moscú.

D. S. M.: –Lo que estudié me resultó útil al revisar las traducciones, porque, en general, los textos al castellano no parecían confiables. Para la traslación, arañé un poco de cada traducción, también del francés y el inglés. Con Roberto pudimos ver una película basada en La tormenta, teñida de un fuerte stalinismo. Nos la trajo una señora de origen ruso que se enteró del seminario y vino a vernos. Su contribución fue interesante porque nos enseñó la letra de la canción que se entona en la obra, nos dio indicaciones sobre la pronunciación correcta de los apellidos y aportó material para otra investigación del seminario, Padres e hijos, de Turguéniev. Ella nada tiene que ver con los elencos, pero se implicó generosamente. Ostrovsky propuso una teatralidad distinta a la que hasta entonces se practicaba en su época. Calificó a su teatro de realista porque trataba cuestiones cotidianas. Impresionan los cambios por los que pasó la literatura rusa. Pensemos en la literatura bajo el zarismo, la Revolución, los años siguientes y la actual.

R. A.: –Cambios que además impactaron en el mundo.

D. S. M.: –Por eso, todavía hoy, la pasión y las dudas de Maiakovsky nos siguen asombrando. Defendía la Revolución, pero veía la pata torcida.

La obra
La tormenta, de Alexander Ostrovsky (1823-1886), escrita en 1859 y adaptada para este estreno por Daniel Suárez Marzal. Actúan, integrando elencos rotativos, Amanda Bond/Maia Francia; Emiliano Estevánez/Guillermo Forchino; Ana María Castel; Cecilia Belmonte/Marta Viau; Ariel Pérez De María/David Páez; Oscar Cisterna; Daniel Di Cocco/Alejandro Zanga; Guido Grispo; Florencia Limonoff/Julia Azar. Escenografía e iluminación de Gonzalo Córdova, vesturario de Sofía Di Nuncio, asistentes de dirección Agustín Sampietro Sullivan y Lucía Liviero. Diseño gráfico: Patricio Pérez Ututo. Producción: Amanda Bond y Pablo Silva. Preparación musical: Alejandro Zanga. Dirección: Daniel Suárez Marzal y Roberto Aguirre. Funciones los viernes y sábados a las 23, en el Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543. Localidades: 80 pesos. Jubilados y estudiantes: 70 pesos. Informes: 5077-8000. Boletería: 5077-8077.

Fuente: Página/12

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