viernes, 21 de septiembre de 2012

Agustín Alezzo y Mario Alarcón: Jettatore...!



Un clásico sobre la estupidez humana

El prestigioso director pone en escena Jettatore...!, una de las obras más reconocidas del teatro argentino, en la que Mario Alarcón interpreta al "yeta" Don Lucas. "El boca en boca es difícil de frenar", afirman los artistas.

El edificio que alberga al Teatro Nacional Cervantes es, por usar sólo dos definiciones, enorme y majestuoso. Tales calificativos aplican también a Agustín Alezzo, maestro de actores y director de Jettatore...!, pieza que estrena mañana en la sala principal, María Guerrero, protagonizada por Mario Alarcón, Lidia Catalano y Aldo Barbero (ver recuadro). Pero bastará hablar dos minutos con el mítico Alezzo –que aquí dirige por primera vez en el teatro público número uno del país– para darse cuenta de que eso de la humildad de los grandes no es una simple frase hecha. Nada en él destila grandilocuencia. Su primera sorpresa es el I-pod que registrará la charla: "Tengo aparatos, pero los uso poco y nada. Vuelvo siempre al papel", dice, y encuentra coincidencias con su interlocutora.
Pero volvamos a lo que nos convoca. Cuando la compañía Podestá la estrenó en 1904, la obra de Gregorio de Laferrère cumplió un mérito doble: se convirtió en el primer vodevil porteño y atrajo a las clases pudientes a ver una puesta de una "compañía nacional", a las que no se acercaban por prejuicio. Para Alezzo, eso sucede aún hoy, pero con diferencias: "Yo creo que hay un público que al teatro argentino no va. Va a ver teatro en Europa o Estados Unidos. Un sector de nuestra clase alta subestima al teatro argentino. También hay un público que va a la calle Corrientes, atraído por las estrellas de televisión, sin darle mucha importancia a las obras. Pero este texto, esta puesta, es absolutamente popular. Para todos", recalca.

–¿Qué lo llevó a dirigir el primer clásico del teatro argentino del siglo XX?
Agustín Alezzo: –Laferrère es un autor que me encantó siempre, pero no me había tocado antes. No siempre uno hace lo que querría hacer. Nunca hice algo que no quería hacer, pero hasta ahora no había podido encontrarme con su teatro. Un autor como Laferrère no es sencillo, requiere mucha producción, muchos actores, mucho vestuario, no es barato. Y me convocaron del Cervantes para trabajar con ellos y buscaron obras para ponernos de acuerdo. Cuando me hablaron de Laferrère, dije: "encantado". Elegimos esta obra que han hecho grandes de nuestro teatro y que no pierde vigencia.
–Como las obras de (Enrique Santos) Discépolo…
AA: –Discépolo y Laferrère son dos autores totalmente opuestos, no son comparables. Pero en comediógrafos, creo que Laferrère es único, porque con él se inicia la comedia en ritmo de vodevil, influenciado por los autores franceses. Es el primer vodevil con caracteres argentinos, bien porteños, de nuestro teatro.

La puesta que ofrece el Teatro Nacional Cervantes es clásica: una sola escenografía –"como pide el autor", aclara Alezzo– y el texto sin modificaciones ni adaptaciones, por lo que las nuevas generaciones podrán acercarse al lenguaje de las clases altas de 1900 y deleitarse con algunos de sus arcaísmos y modos afectados. La única modificación que Alezzo propone "es un agregado de acción al final, sin cambiarle el sentido, sino todo lo contrario", adelanta, misterioso.
"Tengo cuatro personas que en el orden artístico son extraordinarias: el Chango Monti en iluminación, Graciela Galán en el vestuario, Marta Albertinazzi en la escenografía y Mirko Mescia en musicalización", cuenta.

–¿Y la elección del elenco?
AA: – Fue un placer. Trabajar con un actor como el protagonista, Mario Alarcón –a quien conozco de hace muchísimos años y admiro mucho, pero con quien nunca había trabajado– es maravilloso. Está en el momento justo, es "la" figura de Don Lucas. Uno lo ve en escena y dice "no podría haber sido otro."
Mario Alarcón: –La propuesta me llegó con mucha anticipación, yo estaba haciendo televisión en el Uruguay. Era para otro papel, pero en el medio sabía que Agustín era el director y yo tenía una asignatura pendiente de trabajar con él. Así que cuando me dijeron que el protagónico se había ido y su remplazo era yo, sentí que esto era un doble regalo, esas cosas buenas que pasan en la vida.
AA: –Además de Mario, con los demás ya había trabajado –en clases, en espectáculos– de un modo u otro. Y el otro gran hallazgo para mí fue Hernán Muñoa, que hace del protagonista joven (Carlos). No lo conocía, me lo recomendó la gente del Maipo, nos conocimos y a la media hora, sin pruebas ni nada, le ofrecí el papel. Hace un trabajo extraordinario.
–La obra se burla del miedo que genera lo desconocido. ¿La estupidez se refleja en un temor que los personajes no pueden explicar?
AA: –Lo curioso sobre Laferrère es que era un conservador de clase alta, y escribe esta obra por una apuesta, porque todo lo que veía, decía, lo aburría mucho. Y es aquí donde toma lo que él conoce bien y les toma el pelo, los muestra como unos estúpidos. Nadie se salva, todos caen víctimas de la propia trampa que crean. Todavía hoy se habla de "jettatores". Hay varios que, por las dudas, no vamos a nombrar (risas). Pero lo que en realidad la obra muestra, con agudeza e ingenio, es la estupidez humana.
–¿Y qué tiene de particular este "yeta", don Lucas?
MA: –Es un señor mayor, como yo (risas), así que entiendo lo que le puede pasar con una criatura joven, casi adolescente.
AA: –Le propone un trato a la familia de Lucía: "Yo tengo dinero, ustedes una hija casadera. Hacemos trato." Y los padres encantados, ni siquiera se lo plantean. De ahí surgen las tretas tras las que todos quedarán engañados.
MA: –Don Lucas ama la formalidad. Eso y su solvencia económica –algo fundamental para aquella época, no sé si tanto ahora– son sus bases.
–¿Y las cábalas?
MA: –Yo no tengo cábalas, nunca fui afecto a eso, pero me he dado cuenta, sobre todo cuando era chico, que la gente era muy cabulera y hoy hay actores todavía que tienen sus cábalas, los músicos también las tienen, aferrarse a algo sobrenatural. Los jóvenes van a entender lo de la yeta, porque ahora no es más, pero es algo tan argentino que saben perfectamente de que se trata. Pero además, sobrevolando, está la metáfora de que te cuelgan un San Benito y después, como uno se lo saca de encima. El boca a boca es difícil de frenar. Es humano.
–¿Cómo ha sido el proceso para encarar esta puesta?
AA: –Yo trabajo tranquilo, con tiempo, nunca estoy nervioso. No me pongo nervioso, ni siquiera antes del estreno. Creo que eso es clave para que los actores estén seguros y salgan a escena con la certeza de que yo, si siento que hay algo que no funciona, no estreno. Así de sencillo.
Y eso me pasó sólo una vez, en mi primera puesta. Sólo que exijo muchísimo en los primeros ensayos, para poder llegar con tiempo a las pasadas con vestuario (NdR: eran en el mismo momento en que ocurrió esta entrevista). Sólo hace falta que se calcen los trajes y salgan a escena.
MA: – La ropa ayuda, y mucho. Me encontré más con don Lucas. Es más: hay oportunidades en las que estás con problemas con el personaje, te ves con la ropa y la imaginación calza todo. Trabajar con un maestro como Agustín es un placer: cuando trabajás con alguien inteligente, que sabe lo que quiere y estudió tanto la obra, todo es más tranquilo. Si el director está desorientado, el actor lo percibe. Pero cuando la explicación es simple, fluida, como acá, es mágico.

El actor se despide: el sombrero, los guantes y el bastón de don Lucas lo esperan sobre la escenografía. Alezzo, desde la platea, también.  «

FUNCIONES
Mañana, sábado 22, se estrena la comedia protagonizada por Mario Alarcón, Aldo Barbero, Lidia Catalano, Claudio Da Passano, Néstor Ducó, Malena Figó, María Figueras, Magalí Meliá, Miguel Moyano, Hernán Muñoa, Francisco Prim, Ángela Ragno y Federico Tombetti, en la sala María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815). Las funciones serán de jueves a sábados a las 21, y los domingos a las 20:30. Entrada: $ 50. La temporada finaliza el 30 de noviembre.
 
Pionera de un género
Gregorio de Laferrère fue un fiel exponente de la aristocracia conservadora porteña de principios de siglo –hijo de una descendiente de familia patricia y un rico hacendado francés– pero también un prominente político que se convertiría en dramaturgo, un poco a espaldas de la clase social a la que pertenecía. Fue intendente de Morón y diputado nacional y, desde 1911, una ciudad que lleva su nombre. Pero en 1904, casi sin buscarlo, escribió una comedia en tres actos que se convertiría en el primer vodevil argentino. Estrenada por la compañía de Pablo Podestá, Jettatore! fue representada tantas veces como obligatoria su lectura en las currículas escolares a lo largo del siglo XX. "Grandes de nuestra escena lo hicieron: Osvaldo Terranova, Alfonso de Grazia, por nombrar algunos", dice Alezzo. La última puesta, en 2006, fue parte del programa federal del Cervantes, interpretada por un elenco de actores de La Rioja y dirigida por Daniel Suárez Marzal, retomaba el clásico del "yeta", cuyo destino signan las mentiras pergeñadas por los jóvenes de la familia –liderados por Carlos, pretendiente de la desafortunada Lucía, la mujer prometida a Don Lucas en matrimonio por los ambiciosos Doña Camila y Don Juan–, pero del que nadie saldrá indemne.
El protagonista de esta versión, Mario Alarcón, dice que este elenco de Jettatore...! recrea algo de esas viejas compañías nacionales, como la Podestá. "Con Lidia (Catalano) había hecho Sacco y Vanzetti. Con Aldo (Barbero) y (Néstor) Ducó había trabajado. Hay una camaradería y una solidaridad que hace que podamos hablar si hay alguna dificultad. Los actores jóvenes son más auténticos. Cuando yo empecé había otro acartonamiento, otras jerarquías. Ahora se habla con los compañeros en un afán por colaborar. Y aquí, todos sabemos los pergaminos que tiene Agustín, que se adelanta a cualquier problema que pueda haber." Sólo falta que mañana se levante el telón y comience la farsa.

Maestro de maestros
La trayectoria de Agustín Alezzo no debiera resultar desconocida para ningún amante del teatro. Debutó como actor en 1955 como parte del Nuevo Teatro, bajo la dirección de los que él llama sus maestros, Alejandra Boero y Pedro Asquini, y luego bajo la dirección de Hedy Crilla, otro mito entre formadores de talentos. En 1968 debutó como director, con La Mentira, de Natalia Serraute. La segunda obra que preparaba para estrenar entonces, en paralelo, es la que dejó de lado por sentir que no estaba lista para ser estrenada. "Es la única vez que me pasó en más de 40 años de carrera", asegura. A partir de allí, casi no hay autor –clásico o contemporáneo– que no haya montado. Hizo Valle Inclán, Arthur Miller –"La puesta de Las brujas de Salem con Alfredo Alcón estuvo en cartel más de dos años, con temporadas a reventar en Mar del Plata", recuerda–, Chéjov, Tennessee Williams, Eugene O'Neill, Ionesco y, por supuesto, Shakespeare. Pero también montó obras jugadas, de autores "ácidos y maravillosos, como Joe Orton. Hice Botín, una comedia desopilante. La comedia es un género que me gusta mucho, y la gente piensa que yo hago más drama. En realidad, el trabajo es el trabajo y cada cosa tiene lo suyo." Desde 2007 tiene su propia sala, El Duende, en el mismo lugar donde funcionaba su escuela de teatro.

Fuente: Tiempo Argentino

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