jueves, 9 de agosto de 2012

Globo, flotando contra el techo de un shopping


Globo, flotando contra el techo de un shopping

Globo, flotando contra el techo de un shopping es la nueva propuesta que Alberto Rojas Apel como autor y Román Podolsky como director suben a escena en el Cervantes, en una de esas salas alternativas que se pueden adaptar a cualquier idea. De esta manera, con unas mesas ratonas dispuestas en toda la planta que oficia de escenario, algunos arbustos artificiales y unas luces del todo frías, construyen un espacio despojado, vacío, que puede responder a un shopping o a cualquier sala de espera de cualquier parte del mundo. Esa es la intención. El lugar posibilita que los actores circulen en él como extranjeros, ajenos por completo a ese mundo sin poder apropiarse de nada. Entonces la narración se hace presente.

Como el nombre de la obra lo indica, nos encontramos en un centro comercial. Y la historia, lejos de ser sencilla, se complejiza para abordar grandes temas existenciales del hombre partiendo de un hecho pequeño, fortuito, intrascendente. Un niño, Eloy, mientras está con su padre de paseo suelta, sin querer y sólo por un susto, un globo, su globo, la última adquisición y que parece amar. Al dejarlo escapar, el globo trepa por el aire y se coloca en la cúpula del lugar, un lugar inaccesible, el más lejos de todos los posibles. Para el padre (Horacio Roca) el suceso es menor, lo mira con esa distancia de adulto que, lejos de comprender la problemática sensible de un niño que ha hecho de su globo una entidad enorme, colosal, le quiere buscar una solución inmediata: comprar otro, pero para Eloy no son reemplazables los objetos. El quiere el suyo, ese que ve ahí, suspendido en el aire. Un hombre, el ordenanza del shopping, es el testigo de esta escena pero será protagonista luego cuando la acción recaiga en su persona.

Lo interesante de esta pieza es que a partir de esa pérdida se sucede un hecho realmente trágico, y entonces la posibilidad de hablar de la muerte, del duelo, de la desesperación, de la soledad, se vuelve concreta y nos hiela la sangre. El niño no se contenta con que su globo quede solo, olvidado, y esa noche lo va a buscar y en el camino la tragedia se hace presente. De una manera muy original, los tres personajes están en escena casi todo el tiempo pero no dialogan entre sí. Narran su visión, intercalan sus relatos y van, poco a poco, conformando la historia completa para que el espectador vaya armando con ellos esos días trágicos que sucedieron hace unos meses ya pero que resultan imposibles de olvidar.

El niño es interpretado por Irene Almus, su alma recayó en aquella mujer que es la encargada de narrar el punto de vista de Eloy. Tal vez ahí, en esa arriesgada maniobra, no se logre del todo crear a ese infante en el cuerpo de esa mujer. Sus gestos, sus palabras, sus pensamientos, sus movimientos por momentos se vuelven algo artificiales. Horacio Roca se destaca con una melancolía a cuestas que derrama humanidad.

Una obra realmente profunda, que indaga en situaciones, muchas veces evitadas, de una manera tan original que logra que el espectador tome cierta distancia con los hechos para que puedan ser pensados.

Fuente: La Nación

Sala: Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815 / Funciones: viernes y sábados, a las 19; y domingos, a las 18. 30

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