sábado, 4 de agosto de 2012

Cenizas


Cenizas

Cautivante unipersonal sobre la solitaria vida de un hombre, abordado con sensibilidad por la dupla Tantanian/Contreras

La comedia y el drama se combinan con mucha solvencia en la dramaturgia de Neil Labute, de quien ya se conocieran en Buenos Aires, piezas como Una cierta piedad, Las formas de las cosas, Gorda. En todas, el autor americano juega a construir unas historias en apariencia sencillas, pero que, a poco de transitadas, dejan ver sus costados más dolorosos, a veces verdaderamente trágicos.

Esto asoma con mucha claridad en Cenizas, un monólogo cautivante para cualquier intérprete y notablemente sorpresivo para el espectador. Quien lo construya en escena tiene la dificultad de entrar y salir de múltiples estados: disfrutará recordando momentos muy felices, llorará descubriendo una soledad aterradora que lo ha acompañado a la largo de su vida y que, en el presente de la acción, lo encuentra haciendo un repaso voluntario de su vida. Sabe que los secretos bien escondidos sólo podrán dejarse escapar después de la muerte del ser amado. Quizás así, eso que se ha ocultado adquiera una dimensión distinta y, si alguna culpa existe, se transforma en un mero acto amoroso, delicado, tierno.

Edward Carr, el protagonista de Cenizas, está en el velatorio de su esposa Marijo. Una larga enfermedad complicó la salud de la mujer y el final era casi esperado. El hombre, un fumador compulsivo, decide narrar ante el público el devenir de su vida. Su historia no ha sido sencilla. Abandonado por su madre (quien fue violada por un tío), fue entregado al Estado. Pero siempre ansió conocer a quien le dio la vida. De grande se casó con Marijo, y juntos construyeron una empresa de arrendamiento de coches, tuvo dos hijas y el porvenir parecía estar armado sin complicaciones. Pero esta muerte desestabiliza todo, hasta su ser más íntimo.

La dupla Tantanian/Contreras trabaja ese monólogo desde la pura sensibilidad. No hay un solo momento del relato en el que algo no esté analizado en su justa medida. Cada nuevo cigarrillo que el protagonista enciende parece ser la puerta de entrada a un nuevo tramo de la historia, y habrá que prepararse para lo que llegue. Aparecerán unos datos más, es cierto, pero ellos no sólo transformarán al intérprete, sino que movilizarán la atención del espectador, atrapándolo con una nueva pista conmovedora. En el final, esa conmoción será mayor. El desenlace, seguramente a algunos, los dejará atónitos.

Patricio Contreras resulta el intérprete ideal para reconstruir esa trama sinuosa, tan marcada por la muerte, pero que él logra dominar a fuerza de meterse cada vez más dentro de su personaje y revelarlo en sus más intrincados sentimientos. El desafío es muy grande, pero el actor logra salir muy airoso, demostrando una técnica rigurosa y que confronta con su personal sensibilidad para así lograr una síntesis muy acabada.

La escenografía de Oria Puppo construye el marco ideal de esa acción y ayuda a potenciarla. Lo mismo sucede con la música de Diego Penelas, en unos subrayados que resultan muy provocadores.

Fuente: La Nación

Sala: Teatro Regina, Santa Fe 1243 / Funciones: Sábados, a las 21; domingos, a las 20 

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