miércoles, 11 de julio de 2012

Riñón de cerdo para el desconsuelo


Riñón de cerdo para el desconsuelo

Un buen texto, con sólida dirección y exquisitas interpretaciones

Con frecuencia olvidamos que, más allá de lo que el genio individual inscribe como propio e intransferible en una obra de arte, su creación en cualquier época es el fruto acumulado de una cultura previa a la que otros hombres, tanto en el plano intelectual como en el práctico, han aportado. Ninguna, ni siquiera la más sublime de las conquistas estéticas, surge de la nada. Ni de una inspiración divina desvinculada de un tiempo y un espacio concretos y de la larga memoria poética anterior.

Para hablar de este tema, el joven y talentoso autor mexicano Alejandro Ricaño (Un torso, mierda y el secreto del carnicero, La constante sospecha de un hombre, Más pequeños que el Guggenheim y varios otros títulos) apela a un ardid ingenioso: introduce en dos períodos de la vida de Samuel Beckett a una pareja (Gustave y Marie) que, siguiendo sus pasos, contribuye mediante distintos procedimientos a que su pieza de teatro fundamental, Esperando a Godot, consiga plasmarse. Son como dos héroes anónimos, a los que ni el escritor conoce, que eliminan los obstáculos que interfieren en la sana marcha de la obra, en especial Gustave, que llega incluso a matar a un soldado norteamericano (sugestivamente llamado Arthur Miller) para "salvar" a Beckett.

El plus de Ricaño es que ejemplifica mediante su obra esa idea de que todos los autores suelen tomar materia prima de otros: sus dos criaturas, aunque hombre y mujer, son parecidos a Vladimir y Estragón. Discuten en forma permanente y se amenazan con abandonarse, pero siempre se quedan, enlazados el uno al otro por una relación de simbiótica dependencia. Pero, a la vez, demuestra que esas habituales "apropiaciones" no tienen por qué invalidar lo distintivo de cada voz autoral, la posibilidad de elaborar una historia diferente, como es su mismo caso.

Alusiones a los personajes que rodearon la vida de Beckett, incluido James Joyce, o a sus travesías para escapar del acoso del nazismo, permiten que, mientras el espectador sigue las peripecias de Gustave y Marie, tenga también imágenes de los terribles sobresaltos que tuvo la existencia del creador de Esperando a Godot durante la guerra. Lo cual puede considerarse un tributo a la envergadura ética que tuvo no sólo su obra, sino su propia existencia.

En medio de esos vaivenes, y mientras construye situaciones de fresca, efectiva y absurda comicidad, Ricaño reflexiona sobre temas filosóficos como lo incierto de la vida, el sentido de la espera o la naturaleza de la creación, muy al estilo de la paleta beckettiana. Y metaforiza, de paso, sobre las, a menudo injustas, distribuciones del reconocimiento, el prestigio, la verdad o las posesiones humanas, algo que vale para el arte, pero del mismo modo para la vida social.

Un buen texto no alcanza, sin embargo, toda su plenitud escénica sin una mano diestra que explote al máximo sus posibilidades. Eso logra con Riñones de cerdo para el desconsuelo la dirección de Carlos Ianni, quien, a partir de pocos elementos escénicos (un sillón, un perchero con dos abrigos, una gorra y un sombrero femenino, un paraguas blanco, y añadido a esto un sugestivo trabajo de luces), concreta una puesta enjundiosa y al mismo tiempo refinada. En absoluta sintonía con esta calidad, la interpretación de los dos protagonistas, Claudio Martínez Bel y Teresita Galimany, es de un alto grado de exquisitez y sutileza.

Fuente: La Nación

Funciones: sábados, a las 21, y domingos, a las 19 / Sala: Celcit, Moreno 431. 

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