martes, 17 de julio de 2012

Macbeth, asesino del sueño

Macbeth, asesino del sueño

Un inexplicable pastiche que no logra atrapar ni conmover

Es difícil que un director o actor de teatro se prive en alguna ocasión de abordar una obra de Shakespeare. Es un autor apetecible por todo lo que sus textos nos siguen aún enseñando sobre las pasiones del poder, los claroscuros de la condición humana, los sueños de libertad y tantos otros temas. En las escuelas de teatro, los estudiantes juegan una y otra vez con sus obras y alucinan con ser algún día Hamlet, Romeo o Rey Lear. Además, hacer Shakespeare, junto con el conocimiento, procura también en los códigos del medio, a veces sin mucha explicación, eso que se llama prestigio.

Y entonces, todos los años vemos adaptaciones de las piezas del bardo de toda clase. Algunas, estupendas, y otras, que no dejan recuerdo. Esta versión de Macbeth se ubica sin sombra de duda entre las segundas. En lo fundamental porque es un pastiche bochornoso que, con el pretexto de hacer un clásico para deleite y participación del gran público, termina siendo una burla para los que asisten al espectáculo, además de una prueba de resistencia al frío que por estos días asustaría hasta a un oso polar.

¿Cuál es el punto de vista del que se parte para seducir a la gente? Que la tragedia para atraer debe transformarse en una suerte de espectáculo multimedia con un conjunto musical en el escenario y mucho sonido ambiente, proyecciones visuales sobre una pantalla y acciones de acrobacia (en este caso a cargo de las brujas). Algo así como si estuviéramos frente a un trabajo de La Organización Negra o De la Guarda, pero en copia nos gustaría decir bastarda, pero el término adecuado es berreta.

A poco de comenzar la obra, se introduce un animador en el escenario y propone una votación entre Macbeth y Lennox, como en un programa televisivo, para adivinar quién de los dos se va a quedar con la corona del rey Duncan. ¿Por qué? Misterio. Luego en la pantalla habrá otras imágenes como de noticieros para informar el suicidio de Lady Macbeth. ¿Y quién es la actriz que hace este personaje? Cristina Pérez, conductora de uno de los noticieros de Telefé. Para dar una atmósfera más "real" al asunto, en las supuestas exequias de la reina se pasan imágenes del sepelio de Lady Di. Una maza.

De la obra se utilizan algunos fragmentos como para contar la historia gruesa. Uno o dos pueden leerse en un BlackBerry -u otro teléfono celular, cómo podían faltar- cuya imagen se proyecta sobre el techo del teatro. No faltan otras cosas: la distribución de paraguas para protegerse de una lluvia de cabecitas de muñecas, que parecerían ser de la decapitada lady Macduff. También una tela de plástico con agujeros para que el público asome la cabeza y vea una escena del escenario. Vaya a saberse para qué, pero moderno, es requetemoderno.

Otro descuido: a diferencia de lo que ocurre en grupos como La Organización Negra, cuyos actores manejan al público para asegurar la visualidad de las situaciones, las escenas de este espectáculo que transcurren en el salón principal del teatro -donde antes estaban las butacas y ahora sólo es piso- comienzan y una vez que un grupo de personas las rodea, los de atrás no ven ni pizca de lo que sucede en ellas. En el final, del bosque de Birman, mencionado en algún momento, no se ve ni un arbustito. En cambio, arriba de un túmulo irrumpe un Macduff desaforado que en un par de espadazos liquida a Macbeth y todo termina. No sin antes subirse los actores a escena y bailar al compás de una música de lo más contagiosa, como si fuera un show de Tinelli. Celebran y con razón: la tragedia se había muerto antes de empezar.

Un solo comentario más: los actores, pese a estar muy mal dirigidos -o se ríen todo el tiempo, rugen o lanzas alaridos sin sentido, como las brujas-, no tienen ninguna responsabilidad en el problema. Lo realmente inquietante es el concepto cultural que nutre esos espectáculos y lo que es más, el de sus auspiciantes. Es el concepto de que hay que envilecer el arte para que llegue a la gente, porque sino no hay diversión, no hay fiesta. El verdadero Shakespeare, el finadito, podría enseñarle.

Fuente: La Nación

Teatro Dante: Almirante Brown 1241 / Funciones: Sábados y domingos, a las 20

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