lunes, 2 de julio de 2012

Las brujas de Salem

Nada más que algunos pequeños momentos de gran interpretación

Un elenco multiestelar, con grandes nombres de la escena nacional y figuras en ascenso con fama y experiencia televisiva no alcanza para hacerle justicia a una de las obras más importantes del legendario Arthur Miller.

A Arthur Miller le encantaba explicar en sus obras las motivaciones de sus personajes, sus ideologías y hasta hacer un contexto histórico de sus textos. En Las brujas de Salem, su pieza más clara de denuncia política, sus acotaciones suelen ser tan explícitas y argumentativas que pueden tomarse cuatro o cinco páginas para desarrollarlas antes que comience la acción teatral. Y entre tantas aclaraciones, el autor referente del realismo estadounidense dijo que esta pieza que escribió en 1952 la pensó siempre en imágenes. Por eso, es la única obra de su dramaturgia que decidió llevar al cine, con un guión de su autoría.
La acotación sirve para decir que si Miller pensó Las brujas de Salem imaginando las locaciones de un pueblo medieval y la dureza de estos personajes que tienen que afrontar una vida rural, austera y cargada de limitaciones, nada de esto se ve en la versión que se estrenó hace unas semanas en el teatro Broadway y que cuenta con la dirección de Marcelo Cosentino.
No es fácil llevar al teatro una de las piezas más grandilocuentes de Miller. Las brujas de Salem es su obra emblema del realismo social, es decir, esas piezas naturalistas, bien respetuosas de la cuarta pared y de construir personajes verosímiles, que ubican al espectador como el tribunal al que se le plantean distintas problemáticas sociales. En el caso de Las brujas…, la connotación es todavía más contundente, ya que Miller se valió de un hecho real y la publicó en la sociedad estadounidense de los años ’50 para denunciar la persecución que desató el senador Joseph McCarthy contra personas sospechosas de ser comunistas. Pero además del contenido político, la pieza incluye una historia de amor y hace una radiografía de la opresión de las sociedades teocráticas, donde los hombres se limitan a trabajar y las mujeres a ser criadas y hasta azotadas por sus maridos.
Ninguno de estos climas se recrea en la última puesta de este clásico de Miller en el teatro comercial local, que incluye 23 actores en escena que se llevan por delante el espectáculo en una sucesión de discursos que nunca asimilan ni se intentan construir con verdad escénica. Hay casos graves de actores que trastabillan constantemente con la letra, no proyectan la voz y hablan como si fuera una muestra de estudiantes. En el trabajo colectivo también se nota una gran incomodidad, con empujones que no son reales  y caras impostadas.
Los trabajos de interpretación de Carlos Belloso y Roberto Carnaghi son los mejores momentos del espectáculo, al que deberíamos sumar a Rita Cortese, aunque su personaje apenas está unos diez minutos en escena (y eso que Las brujas de Salem dura 145 minutos). A algunos actores, la obra les propone un juego actoral. Belloso se hace cargo de esta idea, al interpretar a un excéntrico hombre de la época, casi como un cazador de brujas, que llega con un aparato dispuesto a liberar las almas. Juan Gil Navarro, como el gran protagonista de este espectáculo, se hace cargo de las contradicciones de su personaje, pero pareciera que debe remar contra la corriente, ya que la pieza nunca busca la intensidad dramática que él intenta instalar desde la actuación.
La puesta en escena también va en contra de las ideas realistas planteadas por Miller, con desprolijidades que incluyen ver a los actores tras bambalinas y efectos artificiales, como escuchar el sonido del agua, cuando Proctor (Gil Navarro) se lava la cara desde un balde.
Ante la falta de potencia dramática, esta versión de Las brujas de Salem deja el recuerdo de pequeños momentos de gran interpretación y lindos efectos con las luces. Nada más.

Fuente: Tiempo Argentino

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