sábado, 7 de julio de 2012

Hugo Alvarez: Che Madam y El viejo criado


“Un actor no es un monigote que divierte”

En la obra de Carlos Pais que actualmente tiene en cartel, una mujer descubre que puede amar a dos hombres. En la de Tito Cossa, que estrenará en agosto, la acción transcurre en un bar porteño. Ambas tienen en común que hablan desde una perspectiva bien argentina.

Es multifacético. Hugo Alvarez reparte su tiempo entre la televisión, el cine y el teatro, donde se desempeña como actor y director. Hace poco se lo pudo ver en cine en La revolución es un sueño eterno, película que repasa la vida de Juan José Castelli, y actualmente está al frente de Che Madam, obra de Carlos Pais que dirige en su teatro de Villa Crespo, el Corrientes Azul. Allí, también, prepara para agosto la reposición de El viejo criado, de Roberto “Tito” Cossa, que ya dirigió durante su exilio europeo y que lo tendrá de nuevo arriba del escenario como uno de los protagonistas. En charla con Página/12, este actor que empezó en el mítico grupo Fray Mocho y que hoy cuenta con una gran trayectoria profesional confiesa que “si bien uno elige dentro de lo poco que hay, porque no existe una gran oferta para los actores independientes”, tiene una tendencia a involucrarse en trabajos artísticos que hablen “de lo que pasa con el hombre argentino”.

En Che Madam, una mujer descubre que puede amar a dos hombres sin traicionar su espíritu y sin faltar al principio fundamental del amor, que para ella es la libertad. Protagonizada por Alberto Clementin, Beatriz Dellacasa y Julio López, la obra está transitada por estas ideas, que son expresadas en un lenguaje porteño que incluye tango y humor, porque, como sostiene Alvarez, “aunque la temática sea universal, es importante admirar y rendir homenaje al sainete y al grotesco”. Por su parte, El viejo criado, que está próxima a estrenar, ubica la acción en un bar imaginario del sur de la Buenos Aires de los años ’30 donde el tango, el boxeo, el fútbol y Gardel tienen una importancia fundamental. La historia se desarrolla en un tiempo indeterminado y en un ambiente irreal en el que transcurren instantes en la vida de cuatro personajes arquetípicos de la sociedad argentina. “Cada experiencia es diferente y es atractiva. Lo importante es llevarla a cabo con conciencia y responsabilidad”, afirma Alvarez.

–Actuó en El Pacto, serie que abordó el conflicto de Papel Prensa, en La revolución es un sueño eterno y en Operación Masacre, que le valió el exilio, entre otras producciones que toman acontecimientos históricos nacionales. ¿Cree que el actor debe estar comprometido con la historia de su país?

–Un actor es un gran comunicador social, no es un monigote que divierte. Admiro mucho a aquel que tiene conciencia de quién es y que asume el país en el que vive y sabe lo que le pasa a la gente de ese país. Para eso hay que romper con las estructuras y poder responder con libertad a los convencionalismos que nos atan social e ideológicamente. Romper con el lugar común, en todo sentido. A menudo naturalizamos cuestiones como la aparición de mujeres quemadas o la prostitución de niños, y eso no es natural. La sociedad, y el actor como parte constitutiva de tal, tiene que cuestionarse, ser seria. Y creo que la nuestra no lo es, porque si lo fuera estaríamos viviendo en una sociedad superior. Este país ha perdido mucha sangre. Han muerto muchos jóvenes. Y si bien hay cosas que están cambiando, porque en los últimos tres años se han hecho cosas que no se habían hecho en veinte años, todavía falta mucho. Hay una soberbia instalada que no se corresponde con lo que deberíamos reclamar como sociedad. Hay gente que se queja porque quiere dólares. ¿Por qué nos desesperamos si no podemos comprar dólares si vivimos con el peso? Hay muchas cosas que se reclaman y no se cuestionan.

–¿El teatro puede ayudar a solucionar esas cuestiones?

–El teatro no va a hacer la revolución, pero ayuda porque permite despertar. No creo en el teatro panfletario, porque no es portador de mensajes, para eso está el correo. Tampoco en el de entretenimiento, porque el teatro en sí es entretenimiento. Lo que tiene que hacer es por lo menos producir una reflexión. Se trata de poner en la mesa un tema e incentivar al público a pensar, de presentar una polémica caliente y dejar que se lo mire de la forma que se quiera, pero que se lo mire. Y para eso el espectador tiene que estar activo, si no, no alcanza.

–Tanto Che Madam como El viejo criado tienen una estética muy porteña y además reflexionan sobre el ser nacional. ¿Casualidad?

–Es que creo en el autor nacional. También en el que no lo es, pero supongo que tengo cierta necesidad de hablar de lo que es de acá gracias a los casi veinticinco años que estuve exiliado. Por eso ambas obras utilizan el folklore de la ciudad, el tango. El viejo criado lo hace desde el punto de vista ideológico y político, porque la obra es una metáfora de la Argentina, una mirada crítica de los últimos años de Perón y los de la dictadura. Che Madam no tiene una cuota política, pero presenta personajes marginales de la realidad y hace un valioso intento por desentrañar las letras de los grandes tangos que nos ha dado la ciudad.

–¿De qué otra forma marcó el exilio a su profesión?

–Primero fue el exilio el que estuvo marcado por mi profesión. No me fui por militar en un partido político, tuve que irme porque estaba recibiendo amenazas concretas por haber filmado Operación Masacre. Una vez allá, si bien para muchos significó la muerte creativa, para mí fue fructífero, porque pude vivir de hacer teatro y televisión. Si bien me faltaban los afectos y me faltaban historias que estaban acá, en Suecia pude desarrollarme profesionalmente y aprehender el mundo de otra manera. De todos modos, si bien estuve contento de estar afuera, más contento estoy de haber vuelto, porque extrañaba la identidad nacional.

* Che Madam puede verse los viernes y sábados, a las 20, en Corrientes Azul, Corrientes 5965. Allí mismo, a partir del 5 de agosto, los domingos a las 19, se podrá ver El viejo criado.

Fuente: Página/12

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