sábado, 7 de julio de 2012

Flores arrancadas a la niebla


Flores arrancadas a la niebla

Una nueva propuesta sobre el dolor del exilio

Flores arrancadas a la niebla es una propuesta que indaga, una vez más, el tema del exilio, el destierro, la guerra, el desamparo, el terror y el hambre. Con un texto precioso de Arístides Vargas (exiliado argentino en Ecuador durante la última dictadura militar) se embarca Ana Woolf para profundizar y reflexionar sobre estos tópicos tan transitados por el teatro pero siempre tan bienvenidos y que nunca deben ser olvidados. Sin embargo, el resultado no es del todo acertado.

Dos mujeres esperan la llegada del tren en una estación. Una especie de no lugar y la espera -un no tiempo- que nos detiene, que nos obliga a la reflexión y nos fuerza al intercambio con el otro que también aguarda, y que en esa acto se nos iguala. Cada una representa un mundo diferente: una, con sus libros a cuestas, representa la cultura, la otra es el pueblo, y en su bolso lleva, en cambio, alimentos, habla más, es entrometida, molesta, su idioma es más coloquial. Aun así, en ese andén solitario, las conversaciones comienzan a fluir y entonces, entre anécdotas de sus vidas y de sus pueblos, estas mujeres comienzan a acercarse, a mezclarse, a hacerse cargo de la otra, en principio de manera tibia, pero en cuanto el drama avance y se encuentren próximas a la frontera -otro no lugar- y deban enfrentarse a la tan temida inspección física que las ultraja, la complicidad será inmensa.

La escenografía está compuesta de baúles, valijas, cajas, objetos perdidos, abandonados, pasados que pesan, historias que vuelven. A eso se le suman las proyecciones del fondo cargadas de poesía que pasan de vías de tren a bosques azules en donde ellas terminan por refugiarse en medio del dolor del desarraigo. En vivo suena un chelo, interpretado por Ellen Casey de manera exquisita, que va acompañando los diferentes momentos de la obra y que crea climas de una ternura que se mezcla con tristeza que es de lo más destacable de la obra.

Si bien la propuesta parece que tiene todas las de ganar, hay varios puntos que hacen que no sea lo esperado. El tema tratado de esta forma es recurrente en la cartelera porteña. Muchas veces planteado desde la mirada femenina que en guerra suelen ser las que esperan, las que están solas, las desamparadas. Las esperas en la estación, y ese espacio-tiempo que permite el acercamiento de los personajes también suele ser un recurso altamente utilizado. Pero además de esto, si bien el texto es precioso, cargado de una finísima poesía, habría que preguntarse si no merece ser actualizado, al menos un poco, para traerlo al presente y poder repensarlo y jugarlo un poco más. Las mujeres tratándose de tú alejan de a ratos la historia y la hacen tan pero tan extraña que hasta el libreto les queda distante a las mismas actrices que se topan con esas palabras que repiten, por momentos, casi de manera mecánica.

Fuente: La Nación

Sala: Andamio 90 (Paraná 660) / Funciones: sábados, a las 20 

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