martes, 19 de junio de 2012

Lima Japón Bonsái




Lima Japón Bonsái

Una obra, con acentos románticos, para ver a corazón abierto y sin perderse detalle

"L'amour est à reinventer", proclamaban desde los grafitis los estudiantes de aquel mayo francés, apropiándose de esa frase de Rimbaud que no necesita traducción. Mariano Tenconi Blanco, retomando acaso sin proponérselo ese movilizador concepto, ha creado una obra singular que se atreve a reivindicar el amor romántico que subvierte los valores conformistas y las convenciones sociales, al poner en escena la pasión fulgurante como gesto revolucionario que no les teme ni a las prohibiciones ni a la muerte. Este joven autor (1982) ya había presentado en 2011 la notable Montevideo es mi futuro eterno, primera entrega de un ciclo infiltrado por el amor, la política y la música, con llamativa libertad para conjugar géneros y notable amplitud de recursos.

Lima Japón Bonsái reescribe una acción del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru que tuvo lugar en 1996 en la capital de Perú: la toma por 125 días de la mansión del embajador de Japón que culminó con la muerte de todos los guerrilleros involucrados. Tenconi lo hace desde un lugar marginal, ficcional y, como reza el título remarcando ausencia de toda presunción, bonsái. Un bonsái que alcanza grandeza gracias al refrescante talento del autor y director, al inusual lirismo que irradia y a la particular manera de combinar, revalorar y aliar lo antiguo y lo moderno, lo clásico y lo popular, lo peruano y lo japonés, la comedia y la tragedia con un grado de decantación que denota el fuerte compromiso con que fue encarada la elaboración de este proyecto, tan felizmente llevado a término.

Como otros amantes que en las artes y en la vida han sido -Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Abelardo y Eloísa, Dante y Beatriz.-, Izumo, hija del embajador nipón, y Ollantay, el campesino simple que la secuestra impulsivamente, viven un breve romance imposible. La rica y cultivada quinceañera y el joven inocente que quiere hacer méritos por su cuenta para el MRTA tienen un primer encuentro forzado, chocan, intercambian, se enamoran ensayando una obrita que escribió ella inspirándose en Chikamatsu Monzaemon (1653-1725, conocido como "el Shakespeare japonés") acerca de amantes suicidas, hacen el amor al ritmo de una acongojada y significativa canción de Chabuca Granda -"Las flores buenas de Javier"-, después de que Ollantay haya entonado un tema de cumbia chicha.

Así son las cosas en esta cautivadora obra que bebe desprejuiciadamente, creativamente en fuentes tan diversas como el drama incaico Ollantay, el cine erótico japonés del subgénero Pinku Eiga, la obra del citado Monzaemon (autor de Los amantes crucificados, bellamente llevada al cine por Kenji Mizoguchi en 1954), Wendy Sulka y La Tigresa de Oriente, la estética y el ritmo acelerado del animé, el kabuki y el noh. El resultado es una fusión admirablemente destilada que además se apoya en una laboriosa investigación de los diferentes lenguajes y acentos de los protagonistas, encarnados en estado de gracia por Yanina Gruden y Luciano Ricio, quienes con mucho desenfado visten las acertadas prendas diseñadas por Merlina Molina Castaño y se suben con total naturalidad a ese autito deliciosamente pintado por la artista Elisa Sánchez -en verdad, una caja rectangular que cumple múltiples funciones, con o sin tapa- bajo las luces cambiantes en color e intensidad de Julio A. López. Una obra para ver a corazón abierto, sin perder un detalle del texto, las puntuaciones musicales, los objetos escenográficos (binoculares, celular, compactera) con evidente aspecto de juguetes algo toscos. Menos la espada que prefigura y sella el destino de los jóvenes amantes.

Fuente: La Nación

Sala: El Elefante

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