viernes, 22 de junio de 2012

Bernardo Cappa: La Verdad


Bernardo Cappa: "La idiosincrasia de la Argentina es el engaño"

Director, autor y actor prolífico, estrena "La Verdad". Acorde a su procedimiento habitual, una puesta que se "amplía con la mirada del espectador". Desde este sábado 23 en Beckett Teatro.

Dos escritores y la mujer de uno de ellos en un campamento: premios, envidias y celos, y la llegada de dos hombres que plantearán un desenlace extraño en el cual la voluntad es jugar con la idea de ficción y realidad. Algo de este talante trae La Verdad, la última obra de Bernardo Cappa. Pero esta es la excusa para hablar de algo todavía más grande. "Se llama La Verdad porque, según Eduardo Del Estal, la Verdad está escrita en alemán, entonces la filosofía, que vendría a ser la Razón, tiene la sintaxis de la gramática alemana. Por lo tanto, nosotros quedamos afuera de esa Verdad. Porque no se puede filosofar en castellano, por lo menos esa filosofía", cuenta.

Cappa, uno de los referentes del teatro independiente porteño, es también docente de actuación y dirección en el IUNA. Con innumerables obras estrenadas, habrá que rastrear los orígenes de su formación en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD). De ese aprendizaje devino la dramaturgia "de escritorio" para luego mutar a una basada en los dichos de los actores junto con la dirección, aunque, aclara, recién pudo encontrar su poética propia en esta actividad. "Esta forma de dirigir es una forma de actuar desde afuera. Es algo que se va entretejiendo y se va armando", dice. "En cambio, todavía no podría definir qué tipo de actor soy o puedo ser". De todos modos, en septiembre estrenará Tuiter, de José María Muscari, esta vez como actor.

Esto lo explica en uno de los últimos ensayos dentro del mismo teatro donde dirige la obra que ensaya hace un año. Como director, Cappa interviene activamente en el proceso: propone frases, se levanta, actúa, muestra. Construye desde la forma: con los cuerpos, los rostros, las expresiones de los actores, porque, pese a estar cerca del estreno, la obra no está cerrada. Pero tampoco apunta a estarlo. Como explicará más adelante, esta obra que surgió a partir de la imagen que les disparó una carpa en el escenario vacío se irá reformulando con el tiempo.

-¿Se puede decir que en algún momento la obra queda cerrada?
-Cerrada totalmente no. Hay un momento donde dejamos de ensayar después del estreno, pero cerrada no porque vamos aprendiendo mientras se va haciendo la obra. A mí me interesa mucho aprender cuál es la obra con el espectador y qué es lo que está en juego. En el teatro que hacemos –pongámosle "teatro independiente"-, donde no están en juego grandes cuestiones económicas, no tiene por qué estar cerrado ni ser efectivo de entrada. Por lo tanto, nos podemos dar la posibilidad de que la obra se vaya ampliando con la mirada del espectador y, entonces, el vínculo sea más dinámico y más cercano que lo que sería una obra terminada, que me parece que es más de un teatro comercial.

-Cuando trabajabas con texto, ¿tenías la misma concepción de teatro o el texto escrito te impedía la reformulación?
-Hace mucho tiempo que no dirijo textos escritos por mí, pero cuando los dirigía sentía una especie de tener que defender el texto y eso me generaba obligaciones que no eran necesarias. Y ahora sigo escribiendo, pero con una escritura oral, que se dice en los ensayos, y al final termina escrita, pero no es escrita previamente porque una escena no está contenida en un texto. De todas maneras estoy volviendo a escribir en mi casa, a partir del aprendizaje de esta oralidad, pero también sabiendo que van a ser pequeños estímulos. Porque hay algo de la misma escena, del cuerpo del actor, de la inmediatez y del momento que tiene el ensayo, de la textualidad que aparece en ese momento que no me surge cuando estoy en mi casa escribiendo. Me cuesta imaginar la situación y poder escribir ese texto con la efectividad que tienen momentos que salen del vínculo más inmediato. Con la dirección empecé a mirar la actuación mientras se ensaya, a saber qué pedir y qué rescatar.

-¿Y qué es lo que rescatás de la actuación?
-Sobre todo trato de descubrir qué es lo que está en juego de la situación que se propuso, de lo que veo que los actores proponen, en determinados gestos, determinadas actitudes corporales, la mirada. Apoyarme en lo que afirman, desplegarlo, y tratar de que el actor se de cuenta de lo que tiene que actuar a partir de lo que afirmó y compuso él mismo, y por ahí no lo sigue porque no tienen referencias. Y yo actúo como referencia de lo que acaba de mostrar. Creo que hay algo del valor de lo que se recuerda. Yo voy dando indicaciones y lo que se recuerda es lo que el actor quería actuar o comprendió desde adentro y le sirvió de lo que se le dijo.

-En el proceso creativo tenés muy en cuenta la figura del espectador, ¿a qué creés que va la gente al teatro?
-Va a imaginar, a creer en algo que sabe que es mentira, pero que le permite acceder a un territorio imaginario que estimula la imaginación. Es un momento compartido entre varios, entre los espectadores y también con los actores. Entonces, aparece un mundo-otro propuesto por los actores que el espectador ve cómo es producido. Eso sería la actuación. La gente va a ver actuación, va a ver lo que todos hacemos: actuar que vivimos en un mundo real. Además, los espectadores van a aprender de sí mismos, sobre la existencia, sobre lo que es estar en el mundo, a ver que estamos vivos. El teatro despliega saberes que están en la filosofía, pero que el teatro sabe antes que la filosofía; la filosofía lo escribe después y también la literatura. El cuerpo del actor lo produce, es una posibilidad poética mucho más poderosa que otras artes por la proximidad de ver al otro afectado. Así, el aprendizaje es más directo y más efectivo.

-¿Y pensás que ese aprendizaje se da de modo diferente en el teatro independiente y en el comercial?
-Hay que aprender a ver teatro, como hay que aprender a ver fútbol. Uno como espectador aprende a dejar que el que actúe sea otro y sostener eso con la mirada. Eso es un acto de humildad que se aprende. Yo creo que hay espectadores que están dispuestos a ese juego y otros que no, pero me parece que a este tipo de teatro que hacemos nosotros vienen esos espectadores que sí están dispuestos. Es un teatro para pocos, por eso es noble. Cuando algo se masifica empieza a perder nobleza, porque se pierde la diferenciación.

-¿No hay posibilidad de que algo masivo conserve esa nobleza?
-Algo masivo y artístico, es muy difícil. Yo no estoy diciendo que el teatro comercial sea malo pero tiene menos posibilidades. ¿Toda esa gente que lo va a ver, comprende? No. A veces mucha gente no entiende por qué va. Esto no quiere decir que en una sala chiquita para diez lo que se haga sea bueno. Para nada. Una cosa no quita la otra, pero sí las posibilidades de que sea poético en teatro comercial se acotan y en teatro independiente se amplían.

-De todos modos, hay una suerte de burocratización en el teatro independiente...
-Sí, esos son temas que empiezan a pasar producto de la estabilización de formatos. Los espacios teatrales se volvieron curadores: la sala quiere que haya tanta cantidad de espectadores porque sino no pueden funcionar y entonces los espectáculos empiezan a repetirse en sus propuestas. Pero lo que tiene de bueno Buenos Aires es que se hace mucho, produce una cantidad de actores permanentes y rápidamente se va hacia otro lado. Seguramente aprenderemos a encontrar otros espacios de actuación. Esta explosión de salas se dio hace diez, once años, y me da un poco de miedo pensar hasta cuándo va a durar sin apoyo oficial. Está degradado el San Martín y eso es peligroso. Es importante que los actores tengan diferentes espacios y obras para actuar.

-¿Creés que el off está tomando un poco el espacio del teatro oficial?
-De alguna manera puede ser. Pero al ser salas chicas, se achica la actuación. Está bueno que la actuación se expanda, que los actores sean promiscuos, que actúen en diferentes cosas. Hay mucha gente que produce en Buenos Aires con gran diversidad y compromiso. En Buenos Aires la actuación es tema, entonces siempre va a haber cosas buenas. Salvo que haya un cambio social profundo porque la idiosincrasia del argentino es la mentira, el engaño. Entonces, las capas de actuación son muy altas. Para el actor, convencer al espectador es muy difícil porque está muy acostumbrado a que le mientan. Hay que estar permanentemente atento al engaño en Buenos Aires, y no sólo al político. En todos los países se miente, pero hay una singularidad en la ambigüedad que tiene la forma de mentir de Buenos Aires, de decir una cosa y estar diciendo otra, pero que puede ser otra.

-¿De ahí el abordaje del "ser argentino" desde el humor que atraviesa tus obras?
-Sí, yo trato de que mis obras no sean solemnes. Básicamente, trato de descubrir la ridiculez de ser argentino, primero, y después, la ridiculez de sostener una forma y que nos estemos riendo, porque sino pareciera ser que es una imposición. Trato de que no sea burla ni comedieta, sino que sea justamente reirnos porque me parece que el humor es un acceso a lo poético. La risa como una fuerza que se pone en juego, como posibilidad de producir contagio y asomarse a un territorio más noble.


FICHA
La Verdad, de Bernardo Cappa

Elenco: Martín Bertani, Yamil Chadad, Christian García, Soledad Piacenza y Ricardo Tamburrano.

Dónde: Beckett Teatro (Guardia Vieja 3556).
Cuándo: sábados a las 20.

Fuente: Revista Ñ

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