sábado, 23 de junio de 2012

Arístides Vargas: Flores arrancadas a la niebla




“La patria es para mí una cuestión de identidad humana”

El dramaturgo argentino, que debió exiliarse en Ecuador en 1976, desmonta, a través de su producción teatral, la idea convencional de “patria” y prefiere mostrar “un territorio que no es de nadie y es de todos, que se conforma de anhelos, frustraciones y deseos de felicidad”.

Cuando habla del exilio –antes de que se le pregunte por él–, su voz cambia de color, como si de repente le volvieran los fantasmas. El cambio es perceptible incluso a través de una comunicación telefónica que recorre casi 4500 kilómetros de distancia, los que separan a Buenos Aires de Ecuador, país donde vive. Arístides Vargas, uno de los dramaturgos más importantes y representados de Iberoamérica, nacido en Córdoba, tuvo que exiliarse allí a los 21 años porque la dictadura argentina estaba destruyendo a su familia. Desde entonces quedó profundamente marcado por el destierro, y también su obra. Hoy dirige el grupo Malayerba, conformado por hombres y mujeres de teatro provenientes de distintos países de Latinoamérica y asegura que ya no cree en la Patria. Dice que hasta ahora “no pudo” volver a vivir a la Argentina, pero vuelve esporádicamente a trabajar. Pronto lo hará para ver la versión de su obra Flores arrancadas a la niebla, que los sábados dirige Ana Woolf en Andamio 90. Antes, el dramaturgo habló con Página/12 de la actualidad de su teatro, y también la de su “espíritu”.

–¿Cómo es que no cree en la Patria?

–No creo en el sentido nacionalista que confunde la Patria con paisajes o límites. Creo que los espacios de eso que llamamos Patria son diferentes para cada uno. Para mí, por ejemplo, son personas y solidaridades, no paisajes, ni fronteras, ni delimitaciones. Es una cuestión de identidad humana. Un niño mexicano que vive en la calle es lo mismo que un niño argentino que vive en la calle, porque ese hecho nos denigra como seres humanos, no como argentinos o mexicanos.

–Bueno, su obra tiene algo de esa universalidad de la que habla...

–Sí, últimamente me he dado cuenta de que habito una franja que no hace referencia a un territorio. Creo que luego de varios años de vivir en el exilio, en mi interior se ha generado, casi inconscientemente, una manera de escribir en la cual ha desaparecido esa “Patria” y por el contrario aparece un territorio que no es de nadie y es de todos, que se conforma de anhelos, frustraciones, traumas, esperanzas y deseos de felicidad, muy propios de toda América latina. Y creo que eso hace que se representen mis obras en todos los países, que distintos directores recojan una obra mía y la hagan propia. Eso me parece extraordinario y me hace pensar que en algún sentido las obras también se exilian, porque son de uno y luego dejan de serlo para ser de alguien más.

–Sus textos también poseen un acercamiento profundo al universo femenino. ¿Cómo logra sumergirse en él de la forma en que lo hace?

–La verdad es que no sé. Soy perfectamente consciente de que lo hago, pero no es algo que decida. Nunca me propongo de entrada escribir heroínas, porque en una primera instancia mis personajes no poseen géneros ni identidades concretas. Sólo son fuerzas, que luego recién se van perfilando. Sí sé que he vivido en una sensibilidad femenina con mis hermanas y mi madre y que por alguna extraña razón me llevo mejor con las mujeres que con los hombres. Pero simplemente escribo y se da la conexión con ese universo.

–Hace tiempo que realiza un trabajo muy fino con el humor. Sus obras lo incluyen aun en las situaciones más dramáticas...

–Es que en la vida la risa es tan poderosa como el signo trágico. Cuando yo escribía La Razón Blindada y fui a Rawson les pregunté a los presos políticos por qué hacían teatro en esa situación tan terrible que les tocaba pasar, y me contestaron que lo hacían para reírse. Ahí empecé a percatarme de que en las circunstancias más terribles, como el exilio, la risa funciona como una puerta liberadora y que no te pueden destruir mientras tengas esa actitud de alegría. Si bien en la contemporaneidad la risa está muy banalizada, porque se ríe de las cosas más estúpidas, creo que es algo que te libera de un entorno opresivo y gris.

–Todavía no hablamos concretamente del exilio y ya lo nombró en sus anteriores respuestas. ¿Lo marcó mucho, no?

–Salí de la Argentina en el ’76, soy parte de una generación muy golpeada, sí. Pero sucede en las experiencias traumáticas que uno no puede procesar inmediatamente lo que le pasó, así que tardé casi 20 años en escribir sobre el tema. Flores arrancadas a la niebla fue la primera de esas obras, y la hice sin saber que le seguirían luego Nuestra señora de las nubes y Donde el viento hace buñuelos, que conforman una trilogía donde siempre hay dos personajes que están plantados en determinada etapa del exilio. Flores arrancadas... se corresponde con la primera etapa, la de la espera, en la que uno anhela retornar al mismo lugar que dejó. Es una espera definitiva, por cierto, porque nunca más ese sitio va a ser el mismo. Luego viene la época en que ese lugar es reinventado por la imaginación, que reconstruye lo que necesita para sobrevivir. Es el caso de Nuestra señora de las nubes. Y Donde el viento... se ancla en ese momento en el que la vida parece ser un profundo desorden y donde el único orden posible es el afectivo. Ya no necesitas un espacio o una patria, sino una mano, un sostén emocional.

–¿Ese sostén lo encontró en Malayerba, su grupo de teatro?

–Malayerba se dio de manera muy natural con gente que venía de distintos países. Cuando comenzamos no nos gustaba estrenar, nos gustaba estar juntos. Ensayábamos mucho, siete horas diarias, pero nunca estrenábamos, porque lo que en verdad queríamos era una familia, un sostén emocional. La historia personal de cada uno constituyó la expresión del grupo, que terminó siendo el continente de las diferencias atravesadas por una experiencia común que eran las dictaduras, persecuciones y demás serie de traumas de la época. Un espacio que, sin que yo supiera, fue convirtiéndose en mi familia.

–¿Cómo es el teatro de Ecuador?

–Es de una profunda diversidad, hay de todo. Hay que tener en cuenta que es un teatro relativamente joven, que nació, tal como lo conocemos hoy, a mediados de los ’50 desde mi punto de vista. Y es un teatro fundado a partir del trabajo actoral, porque la aparición del autor recién se dio en los ’90, cuando un grupo de gente que actuábamos comenzamos a escribir.

–Buenos Aires, como centro teatral, tiene notoria visibilidad a nivel internacional. ¿Qué pasa con el teatro del interior? ¿Cómo se lo ve en el exterior? O, mejor dicho, ¿se lo ve?

–Es extraño. Yo por lo general trabajo en Mendoza y sé que el del interior es un teatro tan potente como el de Buenos Aires. Pero Buenos Aires, como Los Angeles o Nueva York, es una ciudad que se autolegitima sin darse cuenta de que esa auto-reafirmación está dejando afuera a las demás teatralidades nacionales. Me sorprende escuchar decir que en Buenos Aires hay 300 espectáculos por fin de semana, como si eso fuera algo positivo y significara algo en la contemporaneidad, cuando justamente lo que importa es todo lo contrario, que haya dispersión para encontrar la diferencia. Porque esa diferencia es lo único que garantiza de manera intensa y comprometida la definición de una cultura teatral nacional. Eso de los centros artísticos, de pensar que hay que ir a Moscú para estudiar ballet clásico o a París a escribir novelas es muy del siglo pasado. Ahora la calidad la puedes encontrar en cualquier lugar del mundo.

–En los últimos ocho años, aproximadamente 6700 ecuatorianos decidieron venirse a vivir a la Argentina. ¿Por qué usted no?

–Primero, porque no es algo que pueda programar. Luego de haber vivido una experiencia tan terrible como la que viví, no puedo simplemente decidir volver y hacerlo. Mi alma tiene que estar dispuesta. Además, siempre que vuelvo a la Argentina vuelvo al trauma, y eso me sigue costando mucho. Vuelvo a la generación reprimida, a los años terribles, a la destrucción de mi familia. También a un lugar extraordinario al que yo quisiera volver, sí, pero no con todo este sentimiento que me produce la violencia. Entonces puedo ir y estar en la Argentina un tiempo, pero la profunda rabia contra aquella época horrenda no le permite a mi espíritu estar enteramente allí. No sé si algún día podré hacerlo. Quiero creer que sí. Me cuesta mucho, pero lo estoy intentando. Por lo pronto, esto de que haya directores que hagan mis obras me devuelve cierta estabilidad con el país. Me da armonía.

Fuente: Página/12

Dignidad en la indignidad

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