Sebastián Blutrach: Teatro El Picadero




Una nueva sala con historias para contar

Mañana será el día en el que las puertas de este espacio vuelvan a abrirse. Una revancha a la bomba puesta por la dictadura y a las intenciones de demolerlo; y otra oportunidad en la que el arte demuestra que sabe de resistencia.

La fachada antigua y con ladrillos a la vista, ubicada en un insólito pasaje silencioso y con árboles, en medio del bullicio de Callao y Corrientes, es el símbolo de lo que puede hacer el arte para combatir la censura. En el Teatro El Picadero surgió Teatro Abierto, aquel movimiento de artistas que comenzó un 28 de julio de 1981 para demostrar que existían autores argentinos que se resistían a la descalificación de las salas oficiales. Pero el gesto revolucionario duró apenas una semana, porque el 6 de agosto a la noche El Picadero se volvió cenizas y escombros, por una bomba que detonó la dictadura militar. Como les pasó a muchos espacios culturales, esta sala, ubicada en el pasaje Santos Discépolo 1857, vivió en sus muros los problemas del país: le llegó el abandono, la desidia y un intento de reapertura en 2001, que sólo trajo deudas y una actividad fugaz. Ahora, los más de 30 años de historia de esta sala vuelven a resurgir con una nueva inauguración, que será mañana y promete quedarse para siempre. Una nueva oportunidad para el teatro argentino.
HISTORIA DE LA RECUPERACIÓN. Se sabe que la bomba de los militares no logró terminar con el movimiento de Teatro Abierto, ya que con el apoyo del público, los autores, directores y actores volvieron a aparecer en menos de una semana y en una sala más grande, en plena Avenida Corrientes. Teatro Abierto duplicó la cantidad de espectadores y obtuvo la solidaridad de todo el medio cultural. Pero lo que sí logró esta bomba fue terminar con la historia del Picadero. Luego de años de abandono, en 2001 se reinauguró de la mano del director Hugo Midón, con inversión del empresario Lázaro Droznes, pero cerró sus puertas enseguida, acosado por la crisis. En 2006 fue comprado por una constructora, que intentó demoler el lugar para construir un edificio de viviendas, oficinas y locales comerciales. La ONG Basta de Demoler evitó esos planes, con el apoyo de la comunidad artística, y en 2008 el edificio fue declarado Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires por la Legislatura porteña, pero siguió cerrado. Recién el año pasado apareció la decisión y la inversión de Sebastián Blutrach –un reconocido productor teatral– para comprar la sala, renovarla y darle una nueva vida artística.
La nueva cara del Picadero incluye un restaurant con barra en la entrada, una sala con 290 butacas distribuidas en forma semicircular, como un anfiteatro y una gran terraza en la que se planean hacer funciones teatrales al aire libre, durante el verano. Blutrach abrirá mañana a las 18 las puertas del teatro, con la intención de no cerrarlas más y mantener la memoria de lo que fue Teatro Abierto. La apertura contará con un discurso del dramaturgo Roberto “Tito” Cossa, referente de Teatro Abierto, una exposición de fotos del movimiento del ’81 y la proyección de un documental. Después, todo serán noches de teatro. Blutrach adelanta la reapertura.

–¿Cómo llegaste a El Picadero?
–El año pasado me llamaron y me comentaron que se vendía El Picadero, y me dijeron si lo quería ver. El dueño había comprado el terreno sin saber que era un teatro, para sumarle metros a la torre que construyó. Cuando lo iba a demoler, le frenan la obra porque era un sitio histórico, pero en los planos municipales no decía que era un teatro. Yo creo que él realmente no lo sabía, e intentó asumir el compromiso de reabrir el teatro, pero en la mitad de la obra se da cuenta de que no entiende lo que está haciendo y decide parar todo y tomarse un par de meses, para ver si encontraba a alguien que se haga cargo de la sala. Ahí aparecí yo. El anterior dueño me dio facilidades de pago en el tiempo para comprar la sala y yo me comprometí a hacer una obra costosa e inaugurar en tiempo y forma. Había tiempos de inauguración y entré a trabajar en la obra sin presupuesto para llegar a cumplir con los plazos. En todo esto, la visión empresarial quedó al margen, si no estaría muy deprimido. La inversión que tuve que hacer no se condice con una sala de 290 lugares. Para realmente ponerlo en valor y que no sea una lavada de cara, lo que tuve que invertir no es recuperable.
–¿Cómo recibió la comunidad artística esta reapertura del teatro?
–No es abrir cualquier teatro, hay una mirada sobre eso. Siempre sentí una buena aceptación de la comunidad teatral con que sea yo el que se ocupe de reabrir El Picadero. Antes había una idea de expropiación del teatro por el gobierno de la Ciudad, para que se convierta en un Museo de la Memoria. A mí me parecía una idea retrógrada. Creo que lo mejor que le puede pasar al Picadero es que siga siendo un teatro. Y que dentro de ese lugar teatral, haya espacios para recordar. No creo que un museo sea el espíritu de la gente más militante. Otra cosa es con un espacio tan tremendo como la ESMA.
–¿Va a ser una sala comercial?
–Estoy harto de que digan teatro comercial. Las obras que yo produzco son una barrera que se traspasa todo el tiempo. Ahora estoy haciendo en un teatro comercial La última sesión de Freud, con Jorge Suárez y Luis Machín. Nadie pensaba que iba a funcionar como funcionó, una obra de dos personajes históricos y con dos grandes actores, pero que no suelen encabezar espectáculos comerciales. A partir de la calidad aparece el público. Salvo cuando se va a los extremos, con obras como Cuatro colas y un funeral o Qué gauchita es mi mucama, ahí sí cambia el público. Dentro del teatro de texto, se asumen cada vez más riesgos. Se ha hecho Shakespeare y Miller en el teatro comercial. Hubo un cambio generacional en los productores de teatro comercial. Si se ve la cartelera, hay muchas obras de texto y con contenido. Por ejemplo, yo trabajo mucho con Daniel Veronese, un director que cambia de circuitos (comercial, oficial, independiente) sin perder calidad. Sí creo que el teatro alternativo  permite un espacio de experimentación que no lo permite el teatro comercial. En el espacio alternativo, se puede ensayar seis meses y como no hay ninguna presión y lo económico no está en juego, se puede probar y no importa si después sólo van 40 personas. El teatro comercial plantea como mucho ocho semanas de ensayo y de ahí un producto, que es una obra de teatro y que perfectamente puede ser de calidad.
–¿Y cómo va a ser la programación artística del Picadero?
–La idea es crear un espacio amplio, un criterio y una línea artística similar. Va a haber desde un musical hasta un ciclo de danza los martes al mediodía, durante el invierno, que tendrá el apoyo del Ministerio de Cultura porteño. También estoy en diálogo permanente con el Teatro San Martín, con la intención de que algunas de las obras que terminan la temporada muy rápido, puedan continuar en El Picadero. Se van a implementar días y horarios alternativos, como la trasnoche, o lunes o martes, o los mediodías. Tengo la idea de ampliar el campo horario del teatro, y para los horarios centrales, necesito espectáculos más convocantes. El objetivo de estas obras no es generar una ganancia económica, pero sí respetar una línea de calidad. La idea es identificar esta sala con espectáculos de determinada calidad. Si hacemos cosas buenas, la gente va a venir. Hay un público inquieto que va donde están las buenas obras, que sale a ver lo que quiere mirar. Hoy, la ideología en el teatro no pasa por el discurso, sino por la calidad y el cuidado con el que se hacen las cosas. La bajada de línea es el teatro antiguo. Yo voy a buscar una línea de calidad. <

El dato
Inversión. Más de 3 millones de pesos tuvo que invertir Sebastián Blutrach para recuperar el edificio de El Picadero y convertirlo, otra vez, en un teatro.
 
Estreno de Forever Young

Una semana después de la inauguración del teatro, la actividad artística del Picadero comenzará con el estreno de Forever Young, un musical adaptado por el grupo español Tricicle y dirigido por Daniel Casablanca. Con la pregunta ¿dónde vas a estar en el 2050?, la obra plantea la historia de unos rockeros que, a pesar del paso del tiempo, quieren mantener su estilo de vida y sus ideales. La escena transcurre en un geriátrico –que será El Picadero– donde viven estos músicos, junto con una enfermera que los mantiene dopados. Pero cuando la enfermera se va, los músicos reviven su época dorada.  “El elenco está compuesto por los mejores actores del musical, jóvenes y muy talentosos. Es una obra muy divertida, con un poco de humor negro, debido a la vejez. Y con un mensaje claro: ‘Todos envejecemos, en la vida no hay ensayos, así que hay que vivirla intensamente’”, cuenta Blutrach.

¿Quién es el dueño?

Sebastián Blutrach es hijo de productores teatrales. Sus padres, amigos de Carlos Rottemberg (otro referente de la producción teatral), comenzaron a montar obras en 1966 como La señorita de Tacna o El hombre elefante. Fueron dueños del Teatro Olimpia, donde se hacía La Malasangre de Griselda Gambaro, en un espacio que era un galpón. También administraron el Odeón, el Blanca Podestá y el Bauen. Impulsado por su madre, Blutrach comenzó a los 18 años, en España, con producciones teatrales. A los 28 años, volvió a Buenos Aires y se puso a trabajar. Su gran despegue fue cuando decidió montar en el Paseo La Plaza, junto con Pablo Kompel, El Método Grönholm, obra de gran repercusión. Después produjo otro éxito: Gorda, y comenzó a expandirse en producciones teatrales. En 2007 asumió la dirección artística y de programación del Teatro Metropolitan. Entre las obras que produce actualmente, se encuentran La última sesión de Freud y la exitosa Toc Toc.
 
Punto de vista
Por Roberto “Tito” Cossa. Dramaturgo. Presidente de Argentores.

“El Picadero sufrió las reglas del capitalismo”

Que se reabra el Teatro del Picadero es una señal de que los tiempos han cambiado, que se vuelve a apostar por la cultura. Pasaron más de 30 años de Teatro Abierto y el movimiento todavía está presente. No sólo en la memoria y en el corazón de quienes fuimos sus protagonistas, cosa natural, sino en la memoria colectiva, en las nuevas generaciones que no lo vivieron pero lo perciben como un ejemplo de resistencia cultural. Teatro Abierto no fue un brote espontáneo. Fue una continuidad de las luchas del teatro independiente que, desde 1930, inició su pelea contra el oscurantismo fascista. Espero que la sala pueda llegar a mantener el espíritu de lo que fue Teatro Abierto, por ejemplo, que mantenga la presencia del autor argentino. Una causa que es mi bandera. Confío en el trabajo de Sebastián Blutrach, quien me dijo que lo ayude a pensar cómo mantener la memoria de Teatro Abierto. El Picadero sufrió las reglas del capitalismo, pero al menos se pudo salvar la fachada, hasta llegar a esta etapa de renacimiento.

Fuente: Tiempo Argentino

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