El hijo de puta del sombrero
Una historia de seres que viven y se relacionan a través del desborde
Con un gran trabajo físico e interpretativo, Pablo Echarri, Florencia Peña y Fernán Mirás protagonizan esta obra dirigida por Javier Daulte. Adicciones, insultos a carne viva y un conflicto que crece desde los propios individuos.
Roberto Fontanarrosa hizo un pedido explícito en defensa de las malas palabras, en 2004 en el Congreso Internacional de la Lengua española. “Lo que pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras”, dijo y reclamó una amnistía para los insultos, siempre que tengan capacidad de transmisión y expresión. El recuerdo de la frase del gran escritor y dibujante sirve para contar que el nuevo espectáculo de Javier Daulte, El hijo de puta del sombrero, es, entre otras cosas, una competencia para determinar quién puede “putear” mejor y más fuerte. Lo que habrá que analizar es si estos insultos tienen una idea dramática detrás, o son pura explosión superficial.
El último estreno de Daulte tiene el peso y la repercusión que implican las figuras de la televisión, como lo son Pablo Echarri, Florencia Peña y Fernán Mirás, aunque este último viene con varios años de continuidad en los escenarios. El hijo de puta del sombrero fue escrita por el estadounidense Stephen Adly Guirgis y se estrenó en Broadway en abril del año pasado. El autor decidió valerse del género de la comedia para hablar de adictos miserables, que tienen sus vidas al borde del abismo y que desconocen o ignoran el amor, la lealtad y la verdad. Pero ¿por qué algo tan triste causa risa? Porque los personajes no pueden vincularse de otra forma que no sea a través del insulto y la denigración permanente, una más fuerte que la otra. Aunque el programa de mano defina a la obra como “una historia de sobrevivientes con humor ácido y corrosivo”, es difícil creer a esta altura del siglo XXI y luego de haber conocido a las vanguardias artísticas (lo que incluyó darle el estatuto de obra de arte a un urinario producido en serie), que insultar en un escenario pueda llegar a ser transgresor, rupturista o vanguardista.
Así, que si se deja de lado la sobredosis de insultos que dominan la obra, lo más original que podemos encontrar en El hijo de puta del sombrero es la intención de contar la vida de personajes que no son hipócritas, o que intentan serlo, pero que sus caretas se caen tan rápido como llega la necesidad de beber. Donde sí se puede poner el acento es en el parejo trabajo de interpretación de los actores, a los que hay que sumar la fundamental participación de Marcelo Mazzarello y Jorgelina Aruzzi. Es en ellos donde aparece un pequeño cambio de tono, a la alteración permanente que pide la obra.
Y es por esta alteración que la pieza exige un enorme esfuerzo mental y corporal por parte de los actores. Los personajes tienen, todo el tiempo, la energía en su máximo potencial. Nunca son equilibrados, siempre desbordan, su vida es el desborde. Pablo Echarri responde con altura a esta faceta actoral, que lo aleja del galán, y le pide un hombre perdedor, que no sabe cómo pararse frente a la vida (siempre esta encorvado, con las piernas un poco quebradas). Florencia Peña tiene que recurrir a una adicta patotera, siempre sacando pecho y caminando apurada y a punto de quebrarse, cuando su vida está en jaque. Fernán Mirás se apropia del tono más humorístico, como un hombre falso y en ansiedad permanente.
Pero detrás de la interpretación ágil y creíble, es difícil no ver los estereotipos: el vino tetra, el colapso sin un sustento dramático o personajes que tienen que enunciar que están quebrados, porque la obra nunca se preocupó en mostrar la angustia profunda que implica cada insulto. Salvo un final contundente, que se limita a una bella imagen, El hijo de puta del sombrero necesitaría un poco de sutileza.
Fuente: Tiempo Argentino

Comentarios