Ludovico Di Santo: Extraños en un tren

Gran cierre para un año agitado
Ludovico Di Santo, un actor todoterreno que hasta se anima a jugar al modelo
Hasta el cocinero del restaurante conoce a Ludovico Di Santo. Aquel sitio es casi una extensión de su hogar y se siente cómodo, como en familia. Puntual, ordenado, metódico, prolijo hasta la manía -así lo revela su placard, ordenado por gama cromática- sabe lo que quiere y lo quiere a su modo. Pide un café negro y un vaso con hielo. Convierte la bebida caliente en fría. Y la saborea. "En mi vida es muy importante el disfrute", dice.
Di Santo se prepara para el estreno de Extraños en un tren: "Con mi coach, Néstor Romero, que además fue mi primer maestro, estamos investigando un nuevo cuerpo porque mi personaje atraviesa un gran recorrido emocional, y busco sus movimientos, su flexibilidad".
Este fue un año agitado para Di Santo. Comenzó con El elegido (Telefé), donde le daba vida a un abogado cocainómano: "El cumplía el mandato familiar de ser abogado y ese agujero de no saber qué quería de su vida lo tapaba con vicios. Nunca me había divertido tanto con un personaje, porque jugué con situaciones límite todo el tiempo. Tenía mucha impunidad en el trato con su mujer. Llegaba pateando la puerta a las 7 de la mañana después de una noche de rosca: «Mirá que si me jodés, vuelvo a la fiesta»", festeja el actor.
Después filmó una película con Diego Torres, Fabián Vena y Julieta Zylberberg, Extraños en la noche, y participó de Esa no fue la intención. Parte 2, la obra escrita y dirigida por Joaquín Bonet. "Me sirvió para precalentar para esta temporada que arranca. Este es para mí un gran desafío y siento una gran responsabilidad porque son todos unos monstruos." En teatro había también trabajado en Automáticos, de Javier Daulte, dirigido por Luciano Cáceres, con quien compartió -desde la actuación- El elegido y la pieza de Bonet. "Estaba callado en escena durante 45 minutos y tenía que ser un maniquí. Al principio, cuando la leí, no la entendí mucho, pero quería trabajar en teatro como fuera", recuerda.
Sin ningún aire de divo invita el café y ofrece su propio auto para llegar al sitio donde le sacarán las fotos. "Sé muy bien qué significa no tener laburo. Me bajoneo mucho cuando eso ocurre. Es parte de mi oficio. Hace un tiempo estuve parado y me gasté todos los ahorros. Encima, soy un tipo ansioso. No sirvo para esperar."
Ludovico se mudó a los seis años a Lincoln con sus padres y sus tres hermanos. Hace poco un niño asesinado en esa ciudad a la salida del colegio conmocionó al país. "Fue muy raro y triste ver esas calles que yo caminaba en ese contexto. Su escuela era la mía", lamenta. Animal de radio, el actor se informa a través de este medio y esta pasión lo condujo a estudiar Comunicación Social en Buenos Aires: "Estudié cuatro años y largué. No me llevaba bien con la cuestión institucional, pero me gustaría tener mi programa de radio en algún momento".
Casualmente, su primer trabajo en la TV fue en Frecuencia 04, donde su personaje, Jagger, conducía un ciclo en una pequeña emisora. "Me encariño con mis papeles, me pasó también con El tiempo no para, donde aprendí mucho de Walter Quiroz [interpretaba a su pareja]."
Hoy, además de actor tiempo completo, es la imagen de algunas marcas. "Que me llamen galán no me molesta. Es algo del momento. No me peleo con eso. Además me gusta mucho la moda. Me parece una manera artística de expresarse. Mi abuela era costurera y la acompañaba a comprar telas. Toco de oído, pero algo entiendo de géneros", confiesa.
Sin poses, Ludovico habla desde adentro y no concibe a su trabajo como algo ajeno a la búsqueda de su propia esencia: "Para actuar hay que conocerse muy bien a uno mismo. Vengo de esa escuela. Y por eso es muy alto el precio que uno tiene que pagar porque hay cosas que uno no quiere conocer. Todas las emociones y todos los pecados capitales están en mí. Ninguna emoción, ningún sentimiento me son ajenos".
Fuente: La Nación
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