Angel Elizondo

“Hay que liberar el cuerpo”
Está festejando los 45 años de la fundación de la Escuela Argentina de Mimo. Elizondo habla sobre su etapa artística en París, recuerda las prohibiciones que sufrió aquí durante la dictadura y propone retomar “el camino del juego”.
on 50 años de trayectoria en el arte de la comunicación corporal, Angel Elizondo se define, sin embargo, como “un actor nato”. Criado en un pequeño pueblo del valle de Lerma, en la provincia de Salta, su primer encuentro con el teatro fue en una carpa de circo: “No eran las destrezas lo que me interesaban sino el dramón que representaban después”, rememora en una entrevista con Página/12, al tiempo que admite que tal vez eran malísimas aquellas versiones de El rosal de las ruinas, de Belisario Roldán, y de Flor de durazno, de Hugo Wast, que sin embargo “volvía a ver cada vez que podía”, según afirma. Es que, tal como él mismo explica, no había tradición teatral en aquella época: las posibilidades de hacer arte en Salta estaban sólo ligadas a la música, la poesía y el canto. Así fue como tuvo por amigos a los hermanos Abalos, a Aráoz Anzoátegui, al Cuchi Leguizamón. Pero si bien no se le daba por escribir, al menos el futuro mimo recitaba poesía y, de mayorcito, armaba con otros un tablado frente a la municipalidad para representar textos de Florencio Sánchez y Roberto Arlt.
En 1954, dos años después de trabajar como maestro en zona de yungas, con alumnos aborígenes, Elizondo decidió ir a Buenos Aires para estudiar teatro. Amenizando una cena en un hotel de Cafayate, el pintor Leopoldo Torres Agüero lo animó a que viajara, prometiéndole que lo contactaría con gente del medio teatral. Apenas semanas después de su arribo, consiguió su primer papel, una pequeña participación en El herrero y el diablo, de Juan Carlos Gené, con dirección de José María Guitiérrez. Así fue como Elizondo, que había llegado a la Capital para inscribirse en los cursos de Nuevo Teatro (el grupo de Alejandra Boero y Pedro Asquini) no llegó a tomar ni una sola clase: “Ha- cíamos teatro en las plazas, hasta en La Boca, cuando Caminito no era lo que es ahora, cuando había que cortarle el pasto”, recuerda.
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