La cocina

Acrobacias, canciones y alienación
Buen ritmo y gran despliegue físico en La cocina, obra que dirige Alicia Zanca
La cocina es una de esas obras que con sólo leerla se percibe su complejidad para el montaje. Porque es un texto coral en el sentido más literal del término. Diecinueve personajes de los cuales dieciocho se disputan el protagonismo para que finalmente no lo obtenga ninguno. Porque incluso lo que puede entenderse como la pareja protagónica, Pedro y Mónica, lo son desde una lectura acotada. En realidad lo que sucede es que cada uno adquiere identidad no por su propio desempeño sino en términos antagónicos con quien tenga al lado.
Y es este el motivo por el que puede ser pensado hoy el modo en el que su autor, el británico Wesker, la pensó. Porque en infinidad de oportunidades ha planteado que así como para Shakespeare el mundo era un escenario, para él era una cocina. Y lo dijo porque aquí un grupo heterogéneo de individuos convive durante varias horas en un espacio acotado, simulando conocerse cuando en realidad, por el ritmo con el que trabajan, apenas pueden intercambiar opiniones. Visto desde allí, podría decirse que La cocina es un texto que tiene por función representar una mirada crítica a la alienación en el mundo laboral. Habitan un espacio que desprecian, pero del que dependen por condicionamientos de clase. Y el único que puede correrse y verse es el que acabará desterrado.
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