Caperucita


Una Caperucita apoyada en grandes actuaciones

Verónica Llinás, la mejor de un cuarteto sin desperdicio

No es otra cosa que una historia de amor la que pergeñó Javier Daulte cuando decidió subir a escena a la abuela, a la madre, al lobo y a Caperucita. Amores varios, con formas diversas, desamores, amores rotos y alguno imposible. Todos feroces. El primero y el más grande, entre la abuela Elo y Silvia, la nieta. El de mamá Cora y Silvia, como hija, luce roto. Y el que se intuye imposible es el que fogonea desde las sombras, Víctor, el lobo.

La historia es sencilla -un poco menos que la del cuento infantil-, pero le sirve de excusa al dramaturgo y director para poner sobre la mesa sus juegos escénicos preferidos, en donde aparece el humor, el delirio, la magia, la angustia y la desesperación en equilibradas proporciones. La mano de Daulte tiene ese sello tan reconocible que logra que el más grande disparate se sienta como real y conmocione. En este sentido, Caperucita tiene grandes puntos de encuentro con ¿Estás ahí? , aunque no llega a la altura de esta obra que el dramaturgo escribió y dirigió en 2004.

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