Gustavo Bonamino: Divinas palabras


“Convivimos con lo divino y con lo diabólico”

El director explica el sentido de la pieza teatral, una de las cumbres del esperpento, estética impulsada por el notable autor español. La obra, nacida como folletín en 1919, no perdió actualidad: es un catálogo demoledor de mezquindades humanas.

La metáfora de las capas de la cebolla sirve al director Gustavo Bonamino para dar su impresión de Divinas palabras, obra en la que ideas y formas se multiplican desde un centro al que no se termina de llegar. Nacida como folletín en 1919 es, junto a Luces de bohemia, una de las piezas cumbre del esperpento, estética impulsada por el narrador, poeta, periodista y dramaturgo español Ramón María del Valle Inclán (1866-1936). Nacida de esa concepción artística que interroga en tiempo de crisis a través de la evidencia de “una deformación del cuerpo y el alma”, según se ha escrito, Divinas palabras se presenta ahora en el Teatro-Estudio El Bardo, en adaptación de Edward Nutkiewicz.

¿Quiénes serían continuadores de Valle Inclán? Bonamino, en diálogo con Página/12, dice hallar alguna pista en el teatro Pánico (donde se mezclan dadaísmo, surrealismo y absurdo en rituales provocativos) del también español Fernando Arrabal, aunque aclara que el autor de El cementerio de automóviles le resulta más crudo y violento. Si bien nunca antes puso en escena una pieza de Valle, lo siente cercano, quizá por su ascendencia gallega y las historias que le transmitía su abuela, atravesadas por elementos esotéricos y animistas, en el tono de las que se cuentan sobre los bosques de roble gallegos. Se necesita tiempo para llegar al centro de personajes alucinantes como Juana La Reina, la mendiga enferma de cáncer y próxima a morir; al hijo enano, obligado por la mujer a que haga su show, y a los otros que intentarán sacar provecho, como Séptimo Miau, amante de Mari Gaila, dueño de un perro satánico; o llegar hasta la niña tonta o el sacristán Pedro Gailo, quien será el que pronuncie aquellas “divinas palabras” en latín y español: “Quien sea libre de culpa, tire la primera piedra”. Este aguafuerte sobre la codicia que arrasa a un grupo de seres marginados se traduce en palabras y frases que debieron ser aclaradas en parte a través de la adaptación de Nutkiewicz. “Lleva un tiempo habituar el oído al lenguaje que utilizamos –puntualiza Bonamino–, pero creo que hemos logrado que se entienda bien. Algunas expresiones son muy interesantes, como ‘cachea por el caneco’, que significa ‘agarra la cantimplora o la vasija’; otra es ‘¡cómo se va a poner de arremontada la tía!’, en lugar de ‘enojada’”, ejemplifica el director. Esta última expresión típica de La Mancha Baja denota algo más que enojo: en un romance de la Guerra Civil Española se lee: “Arremontado vino un fascista, más de cien bombas nos descargó”.

–Estas expresiones son características de un lugar, pero también muy gráficas...

–Pusimos mucha atención para que fuera así. Por eso introdujimos una especie de obertura a la obra. Esos cinco minutos del comienzo son los que el espectador necesita para acomodar la oreja. Este es el motivo por el cual la primera escena se juega bien arriba. Es simplemente un recurso para asegurarnos que el público comprenda el código.

Más en Página/12

Pasado y presente
Desafíos para Nutkiewicz
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