Piaf
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Una artista en expansión
En una puesta intensa de Jamie Lloyd, Elena Roger se adueña de los fantasmas y los anhelos de "El gorrión de París".
Ahí está Elena Roger, llevando encima la fatiga de Edith Piaf, su anhelo desmadrado, las venas lastimadas por el vicio, arrinconada por el amor trágico y sostenida apenas por el despropósito de tener un orgasmo en escena cada noche, de cantar siempre como si se tratara de "mojar el pan en humo". En silla de ruedas, al amparo del último amor joven, convoca a su amiga de la infancia: le pide que le recuerde aquellas averías en la trastienda turbia de la París entre una y otra guerra, y se doblega de risa. La Roger o la Piaf, encorvada y final, es un papelito al viento, y una conmoción silenciosa y genuina recorre las butacas del Teatro Liceo.
A esta altura de Piaf, que se estrenó el viernes en Buenos Aires, varios aplausos después de cada canción quedaban contenidos por el vértigo de la puesta, y sucedía algo raro, una especie de deja vú en la sala, una cosa un poco extraña que era a la vez la constancia del hecho teatral: se aplaudía a la Roger y, a través de ella, se veneraba, rompiendo convenciones de tiempo y espacio, un poco también a la Piaf.
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