Esperando a Godot

Un Godot repleto de hallazgos
Kafka lo abocetó y Beckett le dio los trazos definitivos: entre ambos crearon el retrato más verídico de la absoluta soledad del hombre en el tiempo de las máquinas y el avance tecnológico y científico. Vladimiro y Estragón (Didi y Gogo, para los íntimos) tan sólo se tienen el uno al otro, en ese páramo donde únicamente hay un árbol seco. Quiénes son, de dónde vienen, adónde van, ellos no lo saben; nosotros, testigos de sus idas y venidas, tampoco. A estas alturas, ambos personajes, sus circunstancias y sus andanzas son ya mundialmente conocidos: no vale la pena describirlos de nuevo en esta reseña. Quizás inspirados en el vagabundo de Chaplin (de quien heredan el sombrero hongo y la preocupación por el decoro de sus harapos) y en el inmutable Buster Keaton (empeñado en sobrevivir, con precisas acrobacias y el menor daño posible, a las peores catástrofes), Didi y Gogo pasan las horas, día tras día, en conversaciones vanas, en travesuras tontas de las que siempre salen malparados. "Nada que hacer" es la frase inicial de un diálogo de sordos estirado a través de un tiempo que parece hueco. Salvo esperar que un tal Godot venga a visitarlos, tal vez para dar un sentido a sus vidas y un alivio a la angustia de la eterna reiteración.
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