Azucena sin guipiur

Un fallido encuentro teatral con el diablo
Azucena... podría haber sido una deliciosa comedia
El guipiur (según el Espasa, en castellano se escribe guipur, sin firuletes) es "encaje de trama gruesa, sin fondo". Se lo utiliza sobre todo para vestidos de novia y a esto se dedica Azucena, modista solterona, al parecer virgen y beata a más no poder. De la soledad y de la pulsión sexual insatisfecha, ella misma ha creado un demonio, un íncubo, Glotus, que a diario la hostiga en sus ensoñaciones lujuriosas.
Desde las tribulaciones del doctor Fausto se sabe que relacionarse con el diablo entraña, para el mortal atrevido, la condenación eterna. A diferencia de sus clásicos antecesores (vistos por Marlowe, Goethe, o Thomas Mann), Glotus es grosero y desagradable, pero, tratándose de un demonio nacido y criado en el arrabal porteño, no deja de tener cierta gracia socarrona, una picardía que inclina al público a simpatizar con él. Este es un recurso original, cercano al Mandinga criollo que Pedro Orgambide creó para su versión de Fausto (inolvidable Danilo Devizia), y del que Fito Yanelli saca buen partido, con una interpretación exigida al máximo en lo físico y en lo vocal. Más: este diablo menor es capaz de transformarse, según las circunstancias, en los hombres que en distintas épocas han atraído a Azucena, y el actor lo resuelve con acierto.
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Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543.
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