La vuelta al hogar
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Nota del 23 de enero
Visita sin aviso
Un mundo de hombres que hace de la prepotencia una forma de la debilidad. Hay muy buenas interpretaciones en este clásico de Harold Pinter.
Hace siete años, en una entrevista con la revista inglesa The progressive, Harold Pinter definió a La vuelta al hogar (1964) como una "obra sobre la familia y también sobre la misoginia". Y recordó, que en la última puesta de este texto a la que asistió como espectador, no lo comprendieron en un momento clave: el final. "El actor que hacía de Lenny se paró tras ella -rememoró Pinter- y puso las manos sobre sus hombros: una posesión. Les dije: eso es ridículo, él no la posee a ella en ningún sentido".
A tal punto se marca la filosa y delicada relación entre los personajes que propone el autor para esta pieza. Nada se afianza en el suelo fluctuante de las criaturas de Pinter. Los ardides del lenguaje elaboran diálogos como bombas de tiempo. En ese territorio, plagado de secretos, surge tensión entre los personajes, que se traslada a escena mediante los matices de un cáustico registro de actuación.
En este punto, la versión de La vuelta al hogar, dirigida por Alejandro Maci, alcanza un alto de nivel de eficacia por las interpretaciones de Arturo Puig, Fabián Vena, Agustina Lecouna, Osvaldo Santoro, Rafael Ferro y Lautaro Delgado. Un elenco que compone el cuadro terminal de una familia londinense, compuesta por cuatro hombres (padre, tío y hermanos) quienes reciben la inesperada visita del hijo mayor, un profesor de filosofía que partió a los Estados Unidos junto a su esposa.
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Comentarios
En mi caso, no voy tanto al teatro, pero esto es por lejos lo peor que vi.