Doña Flor y sus dos maridos

Nota del 26 de enero
Poco vuelo en un texto de Amado
Recuperar el mundo descripto por Jorge Amado en Doña Flor y sus dos maridos puede resultar sumamente interesante porque en él se mezclan, en dosis perfectas, un relato ingenioso, un clima sostenido por una fuerte sensualidad y picardía, y unos personajes muy ricos que, cada uno a su manera, resulta muy provocador para la imaginación. En esta nueva versión de este ya clásico de la literatura contemporánea latinoamericana, poco de eso se ha rescatado.
El mayor problema reside en que la dramaturgia es muy lineal y sus diálogos, de una pobreza extrema. No sólo son muy poco atractivas las características de cada uno de los personajes, sino que sus parlamentos, sobre todo, no poseen una consistencia que los ayude a una mejor definición personal y de su accionar en relación con los otros.
Cada situación es construida por los intérpretes desde el puro oficio. En ese elenco parece haber mucha conciencia de que les ha tocado un texto que poco los ayuda y, entonces, con algunos gags, con algunas invenciones surgidas de la pura improvisación, van posibilitando que los diferentes cuadros se completen de una manera más acabada. Claro que la poesía nunca asoma en ellos.
Desde lo musical, excepto Emme, no es mucho lo que se puede lograr, salvo en el resto del elenco unos fraseos correctos que, bien intencionados, pueden seguir algo de la banda sonora. Queda claro que el fuerte de César, Habud y Mazzarello no es precisamente el canto.
En este marco, puede decirse que las actuaciones son correctas y tienen momentos muy destacables María Concepción César y Marcelo Mazzarello. A Miguel Habud le falta la característica sensualidad y el desparpajo de Vadinho, y Emme se luce como cantante, pero actoralmente no termina de encontrar el tono exacto de una Doña Flor que, en esta versión, es de una notable ingenuidad.
Las coreografías de Daniel Fernández aproximan algo de ese mundo bahiano, pero, en el contexto de una trama tan poco intensa y vital, quedan ciertamente deslucidas.
Fuente: La Nación
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