La forma de las cosas


Las formas que se despliegan

Los límites del amor y del arte contemporáneo, bajo la lupa de Neil Labute

En 2003, el director y dramaturgo Daniel Veronese montó La forma que se despliega, trabajo en el cual una pareja reflexionaba sobre el vínculo a partir de la muerte de su hijo. Esta vez acaba de estrenar La forma de las cosas, obra en la que analiza qué está dispuesto a cambiar uno en nombre del amor.

La trama de Neil Labute, el mismo autor de Gorda, comienza cuando Evelyn (Griselda Siciliani) y Adam (Fernán Mirás) se conocen en un museo de arte. Ella es una artista plástica próxima a presentar su tesis bajo el formato de una instalación. El es uno de los cuidadores del museo. Ella irradia luz, energía, vitalidad. El es un loser total, un aparato de aquellos con ciertos tips a la Woody Allen de sus primeras películas. Entre ellos nace un afecto que irá desplegando sus formas a medida que avanza la acción.

De a poco, vendrán en él las tenues, tiernas, complejas y radicales metamorfosis hasta acomodarse al ojo de lo social y su pulsión estetizante (algo que Evelyn parece encarar a la perfección). Ese parece ser el precio del amor, la forma de las cosas.

Hasta ese momento, la estructura de la obra está basada en el juego de opuestos, en las transformaciones y en las diversas apariciones de la pareja de amigos de Adam ?funcionales al desarrollo de la trama? que sirven como catalizadores de ciertos conflictos. Por momentos, algunos diálogos se vuelven muy estereotipados (por ejemplo, Jenny, amiga de Adam, le dice a Evelyn que a su pareja "le gustan más las películas «artísticas» como Alien, Blade Runner, Doce monos") o cuando interactúan los cuatro personajes se producen situaciones violentas un tanto forzadas que poco tienen que ver con el acertado crecimiento que tiene la pareja central. Claro que cuando todo parece seguir la ruta de una comedia dramática inteligente pero de cierto formato tradicional Neil Labute patea el tablero con furia.

En ese punto (que vale la pena no revelar) tanto la estructura dramática de la obra como el criterio de puesta estallan en sentidos. Buena parte de los transitado hasta allí no era lo que algunos de los personajes sentían y la mayoría de los espectadores pensaban. "Sólo existe el arte. Arte que debe ser creado. A cualquier costo", se justifica Evelyn ante esa perturbadora sensación de que algo no cierra, de que las formas que despliega el arte y las formas del amor deberían tener ciertos límites. Aunque, claro, tampoco. Y ahí está la trampa, la paradoja, la pregunta planteada por Labute casi como un cross de derecha.

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