La cena de los tontos


Un juego de tontos no tan tonto

Guillermo Francella y Adrián Suar en un perfecto mecanismo de relojería

MAR DEL PLATA.- Al ver (o volver a ver) esta pieza de relojería teatral que creó el francés Francis Veber, se entiende por qué Adrián Suar y, sobre todo, Guillermo Francella decidieron volver a subirla a escena a casi nueve años de su entreno en Buenos Aires. Sucede que La cena de los tontos es una comedia a la medida de estos dos actores, que se adueñan con naturalidad de sus respectivos personajes para llevar adelante un entramado de diálogos desopilantes que no da respiro a la platea. Y justo ahí está el punto fuerte de una historia que, en realidad, es sencilla, pero que constituye una excusa perfecta para el juego endiablado al que pretende jugar.

La cena de los tontos es el nombre que un grupo de amigos les puso a sus encuentros de cada miércoles y en el que cada uno lleva al invitado más pavote (por decirlo suavemente) que pueda encontrar. Es casi una competencia entre un grupo de "piolas bárbaros" que es feliz riéndose de sus ocasionales invitados. Así, el canchero Pablo Barrantes (Suar) recibe en su departamento al tonto que le han recomendado llevar, Francisco Piñón (Francella) como para "probarlo". Y es esa prueba la que desencadena una serie imparable de situaciones que confirman -y en alto grado- la característica por la que Piñón está ahí.

Son esas situaciones las que aprovecha Francella para lucirse y para hacer brillar su personaje. Gestos y movimientos pequeños, raros sonidos, miradas reveladoras son sólo algunos de los recursos que utiliza este actor para desaparecer detrás de Piñón y volverse un tonto adorable. Es que uno de los hallazgos de la obra (y de la puesta que el propio Francella dirige) es que no echan mano a demasiados gags físicos (caídas, golpes, roturas), sino, sobre todo, a rápidos diálogos y precisos remates que son aquí muchísimo más efectivos. Todo gira en torno a él, hasta el propio Suar, que se convierte en un muy buen partenaire que sabe dar el pie (verbal o gestual) para que el mecanismo de comicidad esté fluido, aceitado. Si no funcionara así -si el vínculo no fuera perfecto-, la pieza no sería la misma. Sobre ellos está el eje dramático y lo saben aprovechar.

El resto del elenco aparece casi a modo de apoyo a las derivaciones de la historia. Son personajes pequeños que sirven al juego y que algunos saben aprovechar más que otros. En general, todos están muy bien, pero, sin dudas, las que se destacan son Carla Conte y Sabrina Rojas, quienes logran creíbles y muy bienvenidos matices en sus roles.

Más en La Nación

En el teatro Corrientes. Duración: 100 minutos.

Comentarios

Maga ha dicho que…
La obra es EXCELENTE! otra palabra no le cabe..no paré de reirme, son unos genios

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