Catedral


El tamaño de la incomodidad

Fanático de Carver, adaptó y dirigió con buena mano "Catedral", un gran cuento del escritor norteamericano.

La obra empieza como los cuentos de Raymond Carver. Los actores no llegan, están ahí. Carver debe haber sido un gran anfitrión, siempre dispuesto a describir salas de estar, cenas, vasos con bebidas, porches quebradizos y humeantes. Catedral, la obra y el cuento, son exponentes claros de una literatura sin teorías. No hay comienzos ni finales cantados.

Los actores, las luces del escenario y las lucecitas del teatro. Son tres personas que te miran o te ignoran sentados en una sillas de cocina mientras el público llega. No actúan todavía porque atienden lo que pasa en la escalera. Cogotean para ver si sube alguien más (este teatro se llama "La sala de arriba") y cuando parece que ya está, uno alza su silla, se va a un costadito y otro da un paso al frente y dice que esta noche un ciego irá a su casa.

Martín Flores Cárdenas (dramaturgia y dirección) explica que el cuento Catedral tiene una "teatralidad contemporánea inevitable". ¿Decir Catedral no es lo mismo que hablar de cualquiera de los muchos cuentos de Carver? Podría haberse tratado de otro texto, acepta, otro cuento de esos con matrimonios desgarrados y personajes horadados por la rutina. "Sus libros los leo en voz alta, pero cuando pensé en hacer Carver, pensé en este cuento", dice Flores Cárdenas, que se ocupó también de traducir la versión del inglés.

En Clarín

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